lunes, 3 de marzo de 2014

¡Mandinga sea!

MEDELLÍN EN IMPLOSIONES

Rostros en la orilla urbana

Sobre un muro de la Avenida La Playa, en Medellín, grafiteros y pintores anónimos dibujaron varios rostros de hombres, de mujeres y de niños; rostros resaltados por las expresiones de dolor,  de  muerte o simplemente por esa expresión que el anonimato dibuja en las caras de la gente que poco importa para un país donde el reconocimiento siempre está ligado a los eventos mediáticos, al poder, a la moda o a la espuria riqueza.
Mientras el taxi rodaba sin remedio hacia “el tapón” de la calles del centro, me impresionó un rostro que surgía luminoso de entre las líneas y colores aparentemente caóticos  de las pinturas callejeras. Era  un rostro de una mujer llegada tal vez del Chocó, o de un pueblo de Antioquia; tal vez una víctima, una líder afro sacrificada o simplemente un rostro que representa la dignidad en medio del caos.
Ni una fotografía, ni una solicitud para mirar detenidamente el mural. Como en “Autopista del Sur”, el cuento de Cortázar, no había marcha atrás porque el vehículo entraba de lleno a la turbulencia de la ciudad que como cualquier otra es el caos. Pese a que Medellín tiene servicio de Metro y articulados de Metroplus, Metrocable y en breve tranvía, parece ser que nuestras ciudades están condenadas al atafago de sus zonas centrales por el dominio exclusivo del automóvil, esa adoración moderna a la que los colombianos en especial parecemos  rendirnos de manera incondicional.
El taxista parecía enorgullecerse a medida que enumeraba los avances del transporte público en su ciudad. Pero a la vez se quejaba de los motociclistas, de los buses y de los taxis que paraban a recoger pasajeros en cualquier punto, aun en mitad de una bocacalle. Ningún avance parece ser perfecto, siempre surge el lunar que lo demerita y a veces lo anula, parecía decirme en su lenguaje callejero. Le dije que Bogotá era peor.
La implosión se llama Space
La ciudad estaba pendiente de la implosión de un edificio del condominio Space, un nombre que tiene la frivolidad suficiente como para  generar semejante esperpento del afán de lucro, capaz de saltarse las normas. Pero los hechos les cobraron caro a los protagonistas, a los empresarios y sobre todo a las familias que perdieron lo que en el lenguaje de los lugares comunes llamamos siempre como parte de “el sueño de la vida”.
Algunos periodistas se unieron a las voces de protesta de quienes vieron derrumbarse todo –según decían- sin respetar el protocolo. Primero, adelantaron la explosión 8 minutos. Segundo, no hubo aviso previo. Tercero, dijeron algunos expertos, las torres están amarradas estructuralmente y es posible que las que quedan en pie hayan sufrido daños y representen un peligro a mediano plazo.

Mientras la ciudad se polarizaba en torno a la implosión de la torre 5 del conjunto Space, al día siguiente dos presencias surgirían de la ciudad y de la historia del departamento de Antioquia.

“No somos violentos ni lo seremos”

La primera presencia, una manifestación de al menos 50 hombres y mujeres afros, escoltados por  algunos policías, cruzaba con pancartas y consignas orales el centro de Medellín, en protesta por los actos violentos que se repiten cada vez con mayor sevicia y sangre fría en el Chocó. Esta vez una joven madre cabeza de  familia de Quibdó recibió al parecer de las Farc, 50.000 pesos para que dejara una bomba en un paquete en el interior de Mercames, uno de los modernos supermercados de la ciudad atrateña. Pocos días antes, en Guapi (Cauca), dos jóvenes habían sido contratados, al parecer también por las Farc, para que arrojaran unas bombas al cuartel de la Policía. Y si continuamos retrocediendo, nos encontraremos con  atentados en Tumaco, en la también más que sitiada Buenaventura (Valle del Cauca), como para no dejar un solo departamento costero del Pacífico colombiano sin su dosis de guerra, una guerra llevada hasta lo profundo de la selva, a flor de orilla de los ríos, a los barrios centrales y sobre todo periféricos de pueblos que no conocían la guerra después de haberse liberado de la esclavitud colonial. Y ahora las atrocidades no tienen cuento. Van dirigidas contra líderes, contra mujeres cuyos cuerpos siguen siendo el otro territorio de la guerra, con reclutamiento de niños que aceptan como forma de poder en su pobreza el arma,  la delación y el tiro de gracia.


El segundo evento había empezado un mes antes y finalizaría hoy 3 de marzo: la exposición Mandiga Sea - África en Antioquia, en el Museo de Antioquia, frente a las voluminosas esculturas de Botero, con la curaduría de la historiadora y profesora de la Universidad de los Andes, Adriana Maya,  y el profesor de la Universidad Nacional Agustín   Cristancho.  Con el título de Mandinga Sea, los autores quisieron brindar un reconocimiento al grupo mandinga, con una expresión muy entronizada en el habla cotidiana paisa, en el Pacífico y en media Colombia más, como un eufemismo para no maldecir de una vez.

Esta larga travesía condensada en tres salas, con muestras de cultura material africana y afroantioqueña, con fotografías, pinturas, esculturas, retazos de crónicas y de libros de viajes, reafirma en Antioquia lo que el empuje “paisa” y en general las sociedades mestizas colombianas quisieron sepultar para siempre, porque  la estructura económica  impone el modo de pensar y recordar, y por eso se olvida que todos somos producto del mestizaje triénico de América, como lo dijo tantas veces Manuel Zapata Olivella. Y que los aportes de los esclavizados y sus descendientes libres son más fuertes de lo que se pensaba, algo que advertía sin parar don Tomás Carrasquilla en sus novelas y cuentos, algo que pintoras como Débora Arango asumieron, algo que no se quedó en el tintero sino que se muestra de manera dialéctica en la exposición, que empieza en el África de los bambara, los yoruba, los fon, los balanta y tantos otros grupos étnicos que fueron llamados con el trato homogeneizante y despectivo de negros, y finaliza en los trabajos artísticos de fotografías, pinturas y collages de una generación de artistas afros que asumieron el reto de mirarse y mostrarse desde adentro, una juventud que no cree en  lágrimas y parte de la despersonalización y colonización para subjetivarse, para renombrarse, en una búsqueda que dará mucho que decir en pocos años. 
La antesala tiene cientos de machetes, bambas y otras herramientas que sirvieron para el laboreo pero también para las batallas rebeldes. La primera sala se abre con mapas de África y los grupos étnicos que mayor población aportaron a América. Se muestran planos de la Cartagena colonial y decimonónica. Otra de las salas se abre con los retratos del político Luis A. Robles (primer parlamentario afrocolombiano) y el poeta Candelario Obeso (primer poeta afro impreso), ambos del Caribe, un mensaje que implica  empezar a abrir las puertas del siglo XX.
Abundan los testimonios de los viajeros en el río de La Magdalena, en la provincia sureña de Barbacoas, en los ríos  Atrato y San Juan. Se muestran los trazos de plumillas o de acuarelas de viajeros famosos como Alphonse de Neuville, los cuadros de Enrique Grau, Pedro Alcántara, Lucy Tejada y otros artistas colombianos que pintaron “de negro”, en fases y posturas diversas, en contra del canon artístico colonial y cuasi moderno de Colombia.
Las máscaras africanas contemporáneas están allí cargadas de siglos, con su maestría superior a muchas realidades inmediatas, como  pioneras del arte contemporáneo universal. Y no faltan los instrumentos musicales que parecen sonar en ese recinto cargado de señales, de indicaciones hacia el futuro y el pasado. Hay vacíos en algunos espacios, que se llenan con el sentido de la historia narrada, pero no de manera común. Por eso  lo más interesante es la manera como se enfrentó el desafío de decir tanto en tan poco espacio: acudiendo a una mirada, a una semantización que de alguna manera va en contravía de una museología de lo muerto. Su intención es contemporizar lo antiguo y mostrar los antecedentes de lo nuevo.
África con todas sus reelaboraciones está más adentro de Antioquia y de Colombia de lo que se piensa o se siente en nuestro afortunado (aunque poco autorreconocible) país de la diversidad, que si pudiéramos montar una exposición semejante en cada departamento o subregión, se encontrarían vertientes comunes, raíces tan válidas y tan vigentes, que ya no se seguiría hablando únicamente de puñados de pioneros y de científicos españoles y criollos blancos, de héroes y  precursores de la Independencia centrados en pocos nombres criollos, sino que se empezarían a fundir en las memorias colombianas los aportes artísticos, industriales, ganaderos y de luchas independentistas de los esclavizados desde los cimarronajes, los palenques precursores de la libertad, y los aportes económicos que ignora la mayoría del pueblo colombiano, como legados ciertos de un país que fue construido también con el alma y el cuerpo de todos los hombres y mujeres que llegaron forzados de África, crearon territorio y cultura y se incrustaron en los genes y en la vida simbólica y cotidiana de todos los países americanos, especialmente el de Colombia. Por fortuna, sin el espíritu de la venganza, pero sí decididos ahora a fortalecer derechos que aunque establecidos por la ley, a veces se ignoran, porque se desconoce  o se oculta la historia, y quienes no padecen el efecto de esta negación, no se sienten aludidos. ¡Mandinga sea!