jueves, 20 de marzo de 2014


Bitácora de hoy: De Buenaventura a Bogotá

LA ISLA DE LA BUENAVENTURA                         
Buenaventura, Valle del Cauca, Colombia

Las imágenes de la televisión y de la prensa escrita muestran a soldados recorriendo los puentes frágiles de los territorios ganados al mar en el puerto de Buenaventura, el más importante de Colombia, situado sobre el mar Pacífico. El país nuestro respondió a la presión mediática, porque como siempre,  sólo a eso responde. En nuestro país se mueren de hambre cientos de niños cada mes, pero si un noticiero enfoca a un niño muriéndose de hambre en una calle, inmediatamente se crea una campaña sin precedentes para salvarlo de la muerte.
A Buenaventura la enfocaron los medios, por obra y gracia de las denuncias de su obispo Héctor Epalza. Luego reconocidos periodistas produjeron crónicas de diverso enfoque que obligaron a las Fuerzas Armadas a meterse de lleno y “descubrir” las “casas de pique”, unos ominosos lugares que existen hace rato, pero no estaban en la mira mediática del país y por lo tanto –aunque se publicaban noticias de cuerpos desmembrados flotando en la marea- eso no era importante. 

Tampoco es cierto que lo único que le falta a Buenaventura es inversión. La pobreza de sus barrios, la indignidad de su entorno, es el resultado de una calculada política a favor de la modernización de un puerto sin importar la ciudad y su dinámica social. Luego el puerto fue privatizado y llegaron las transnacionales. Los territorios ganados al mar, donde ha pervivido una población en las condiciones más humillantes, pero siempre resueltos a vivir, se volvieron  de gran valor para establecer los muelles de contenedores, como bien lo prueban los muelles de los barrios lacustres. El arquitecto y profesor de Univalle Jacques April Gnisset nos recordó cómo la isla había sido planificada sólo para diez mil personas, y en este momento podemos hablar de más de  100.000 habitantes en esa estrecha franja de tierra. Y las oleadas de inmigrantes empezaron a llegar porque el puerto exigía brazos a destajo, y representaba la gran posibilidad de dejar atrás los pueblos sin oferta laboral y además puestos en venta por el Estado, al decretar en 1951 que los territorios de los afropacíficos eran baldíos, porque los necesitaba el Estado para entregarlos a las transnacionales y a los empresarios nacionales de la madera, desarticulando de paso las estructuras productivas locales, sustentadas en los núcleos familiares, en los “respaldos de monte”, en la minería y en la pesca   artesanales. Para decirlo de una vez, la gente se empobreció, empezó la pérdida de su autonomía alimentaria y los núcleos familiares se rompieron con las migraciones sin retorno. Entre tanto Buenaventura creció sin respiro, sin planificación alguna, hasta hoy, que se convierte en “la isla de la muerte”, de la que había huido Pascual de Andagoya, hasta encontrar la de la Buenaventura, como si la historia jugara a las ironías.
Ahora las masacres y desplazamientos son estrategias de desalojo de un territorio que la gente ha construido con todas las penalidades concebibles. A medida que el puerto se ensancha, se venden acciones en España y en Emiratos Árabes, por citar algunos. Los terrenos ganados al mar, sin ningún control sanitario, con las basuras que genera Buenaventura, produjeron tantos muertos –sobre todo niños- por infecciones, como los producen ahora los conflictos. Frente al progresivo deterioro de las comunidades urbanas y rurales de Buenaventura y el Pacífico, estuvo siempre combativo Monseñor Gerardo Valencia Cano, en un obispado que le costaría la muerte en un avión “accidentado”.


En Buenaventura se  han invertido miles de millones desde el famoso Plan de Desarrollo de los años 80, pero esas inversiones van dirigidas hacia la consolidación de la infraestructura del puerto, y un poco a la ciudad. El puerto produce un dineral a la empresa privada e internacional, sin devolverle más que migajas a  la gente que agoniza entre la pobreza, la delincuencia, la incapacidad de levantarse y decidir,   y el enriquecimiento de una minoría nativa y un amplio espectro de “paisas” que llegan a Buenaventura sin la mínima noción de dónde se encuentran, salvo que a la salida de Medellín, me lo contó otro arquitecto, el payanés Roberto Zambrano,  hay un letrero infame que dice: Si quiere hacer lo que le dé la gana, váyase a Buenaventura, palabras más, palabras menos. 


PETRO DESTITUIDO
Bogotá D.C., Colombia

Aunque se sabía que todas las baterías de la derecha colombiana y sobre todo del poder económico estaban enfiladas contra el ahora ex alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, aún quedaba un poco de oxígeno por la posible intervención de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos. Pero no hubo tal, la solicitud de la CIDH fue expresamente desconocida por el presidente Santos. Las esperanzas de los seguidores de Petro se estrellaron contra el crudo pragmatismo y el poder  de los políticos tradicionales, quienes se impusieron por encima de todo. Ni el Consejo de Estado ni el presidente Santos tuvieron en cuenta la arbitrariedad de la decisión del Procurador Ordóñez para destituir e inhabilitar por 15 años a un funcionario elegido popularmente, por razones que no eran justas. Si hubieran sido justas, quizá los reclamos no serían tan fuertes. Pero lo cierto es que el procurador fue al extremo para descargar todo su poder contra un hombre que cometió errores políticos pero no precisamente los que son causales de destitución. No cometió actos de corrupción, como su antecesor,  tampoco desacató las leyes: lo que hizo fue desmontar el monopolio de las basuras y con ello se enfrentó a   intereses poderosos. Desde luego el precio político fue alto. Y el procurador puso en marcha su poder rampante en los estrados, mediante su ascendencia a magistrados,  congresistas y sobre todo ante la mentalidad de un país ultraconservador para quien modificar lo existente es un sacrilegio, sin importar que ese intento vaya dirigido a la población más pobre y oprimida del país.

Los medios de comunicación vociferaban a cada momento que la ciudad estaba en el limbo y era necesario salir de él. ¿De cuál limbo?  El político, porque se trataba de recuperar la Alcaldía Mayor de Bogotá por parte de los grupos tradicionales que han sumido a Bogotá y a Colombia en un limbo peor que el del caos de la basura que durante unos días invadió a Bogotá, y no por negligencia de Gustavo Petro, sino por el cinismo de los contratistas que sabotearon el nuevo modelo del manejo de basuras al esconder los vehículos y no cumplir con su tarea hasta el último día de su contrato. Mala fe que ahora se ve recompensada con los mejores resultados para la avaricia del capital hegemónico. Le hace más daño a la democracia una decisión arbitraria que un debate que mantenga a la ciudad en vilo, pero ayude a impedir las decisiones unilaterales y omnímodas por parte de un funcionario que como el procurador, no tiene quien lo ronde.