viernes, 11 de abril de 2014

Ese humano litoral

BITÁCORA:

A treinta años del fallecimiento del poeta Helcías Martán Góngora.

El 16 de abril el poeta Helcías Martán Góngora cumplirá 30 años de haber fallecido. Haremos en Guapi (Cauca) un conversatorio sobre su vida y obra. Será a su vez el inicio de labores de la Red Cultural del Pacífico que hemos creado para fortalecer lazos litorales y fortalecimiento en medio de la guerra opresiva.
La docente y coordinadora del Centro de Memorias Étnicas de la U. del Cauca escribe sobre las absurdas estructuras institucionales de la educación en zonas marginales que prolongan la colonización y resalta el magisterio étnico y poético del maestro Martán, de quien volveremos a hablar en estos días.


Ese humano litoral

Elizabeth Castillo Guzmán abril 9 de 2014

Guapi (Cauca-Colombia),

En medio de las crudas circunstancias de rondan la vida cotidiana de Guapi,  sobreviven la inteligencia y la capacidad creadora de quienes se resisten a perder la memoria de la cual son herederos. Maestras y educadores que convocan a sus aulas para recordar la dignidad de un pueblo que otrora fuera dueño de la palabra bonita y cantada.
En una estrecha aula de clase en Puerto Cali, un barrio que sobrevive con el río Guapi por testigo, Ruth Stella recrea con los niños y las niñas la historia del valiente Kirikú y la bella Muñeca Negra. Con una sonrisa de luna nueva, la silueta de la muñeca negra en el papel se va tornando en un ser vivo. Dibujarla, colorearla y quererla es parte de un delicado proceso autoafirmativo para combatir ese racismo que puso en desventaja la imagen y las estéticas de los afrodescendientes en muchas geografías del mundo.
Contar y colorear la muñeca negra y Kirikú,  es  la tarea de una maestra que sueña con llevar un día a su escuela en vivo y en directo a poetas como Alfredo Vanín y Mary Grueso para que recreen sus remembranzas de infancia y declamen sus poemas de litoral. Para que esos pequeños y esas pequeñas sientan el orgullo compartido de sus escritores.
Los tiempos son difíciles, el miedo ahuyenta, el silencio se convierte en ley de la calle. La gente sobrevive y lucha por lograr terminar cada día lo mejor que puede. Mientras tanto los niños y las niñas acuden a escuelas intervenidas por todo tipo de instituciones. Aunque no existe una política educativa diferencial para el pacifico colombiano, el Ministerio de Educación y el ICBF exigen que las comunidades educativas se desenvuelvan con los protocolos diseñados desde la fría capital. Y las maestras deben soportar el ojo vigilante de un supervisor venido de Cali, que les pide hacerse a un lado a la hora de repartir la comida de los pequeños, pues la norma establece que solo las manipuladoras – debidamente uniformadas de pies a cabeza- pueden y deben  hacer esta labor. Un solo salón que sirve de comedor y de aula debe atender a 300 niños entre los 5 y los 13 años a la hora de su refrigerio reforzado, y bajo las reglas diseñadas para restaurantes que aquí no existen. “La hora de la comida es muy importante”, dicen las docentes. “Los niños deben hacer filas, hay que acompañarlos, uno educa mientras les enseña a compartir, a esperar su plato, a comer sin prisa” -insisten las docentes- alegando la intromisión del extraño que las ha dejado sin su tarea cotidiana de ir de mesa en mesa repartiendo consejos mientras entregan los platos de arroz y fríjoles que Bogotá propone en su minuta. No se trata de un asunto menor, se trata de un asunto de concepciones que podrían conversar y ponerse de acuerdo, pero la capital y sus tecnócratas no dialogan, imponen políticas a 2700 metros más cerca de las estrellas y más lejos de nuestra realidad nacional.
Las cartillas, los horarios, los currículos y las minutas vienen desde el centro del país. Políticas a prueba de gentes y de culturas, que condicionan el derecho de las comunidades a los recursos, al estricto cumplimiento de normas que poco se compadecen de las desventajas en las cuales se desenvuelven estas instituciones educativas. No hay baños adecuados, no hay patios para el juego, tampoco bombillos, pero los requerimientos técnicos se deben cumplir en los precarios salones que funcionan como restaurantes escolares.
Se trata del viejo y autoritario andinocentrismo que ha reducido al país y a sus regiones a un forzado remedo de los valles interandinos. Ese es el otro conflicto, el del país nacional y el de las regiones marginadas históricamente donde los planes de desarrollo se dictan como si todos tuvieran las mismas condiciones, cuando nunca ha sido cierto lo de la igualdad de oportunidades. Hace unas horas visitaba una escuela rural en el río Napi. Una vieja edificación construida en los años setenta con el esfuerzo de la comunidad, la que antes era numerosa y hoy en día está conformada por apenas 20 familias que prefirieron quedarse a huir a la ciudad. La escuela tiene dos aulas y una batería sanitaria tan antigua y  deteriorada  como los techos que la cubren. Uno de los salones cumple funciones de almacén,  biblioteca y sala informática. Como en una especie de museo futurista reposan siete computadores marca Lemotov, limpios y listos para ser usados. Son una donación del famoso programa computadores para educar. Lo paradójico de la escena es que en este punto del municipio no hay energía eléctrica, y mucho menos una planta para generarla temporalmente. Los computadores fueron recibidos como piezas decorativas que nunca se pudieron utilizar debido a un error de cálculo de los cachacos del ministerio de educación,  que no sabían o no se informaron- que en estas geografías estos proyectos son inviables a menos que exista una dotación adicional para resolver el tema de la energía.
La escuela y los maestros en el Pacifico Colombiano son testigos de excepción de una travesía compleja en la cual la nación se ha inventado a sí misma desde el centro de los andes, dejando por fuera de la foto a más de la mitad de la nación. 
Don Helcías Martán Góngora cumple por estos días treinta años de fallecido. Y creo justo en homenaje a sus letras y al terruño que inspiró tantos de sus poemas, recordar de sus versos la grandeza de Guapi con su templanza y maravillosa sensibilidad,


Humano litoral, cerca del alma.
Próximo en sangre al corazón está
y su callada ruta de belleza
transita el sueño hacia la claridad.
Va por las venas circulando
como heredado manantial
en donde siempre yo me hundo
para encontrarme la verdad
de los varones de mi raza
que son hermosos como el mar,
como los mástiles erguidos
y hermanos de la tempestad.
Y las mujeres de mi estirpe
hechas de fuego matinal,
archipiélago inexpresable
que ciñe el brazo de un cantar
y son morenas islas vírgenes
junto al islote maternal.
Vuelto al agreste mediodía
ardo en la hoguera tropical
-entre el rumor de los tambores
que agita un viento secular-
y en la liturgia del ancestro
soy el varón elemental
en cópula con la selva
y en guerra con la ciudad.

(Humano Litoral, 1954)