jueves, 3 de julio de 2014

LAS OFENSAS MUNDIALISTAS

Colombia ha protestado en el Mundial Brasil 2014 ya tres veces contra tres mensajes considerados ofensivos por nuestros compatriotas. El primero fue un montaje gráfico enviado por Nicolette Van Dam, actriz holandesa y embajadora de buena voluntad de la Unicef. En su tweet aparecían dos jugadores colombianos aspirando cocaína en el campo de juego. El segundo fue un  chiste radial en una emisora de Australia protagonizado por dos periodistas. Y acaba de llegarnos el tercero, quizá con mayor ingenio, en donde tres jugadores aspiran con total concentración, como si fuera cocaína,  la espuma que utilizan los árbitros para delimitar el sitio de cobro de los tiros libres. La imagen fue publicada por el caritcaturista Pad´r  en la cadena de televisión RTBF de Bélgica, francófona por más señas. En el primer caso, la actriz fue despedida de su cago de Embajadora de buena voluntad de la Unicef. En el Segundo caso las disculpas no se hicieron esperar, y en el tercer caso hubo también disculpas y también la confesión de que no se pretendía ofender la dignidad nacional, tan maltrecha en los últimos tiempos.
        Los tres hechos, atribuidos por los colombianos en parte a la “envidia “ que despierta nuestra selección, y en parte a la mala imagen que tenemos en el exterior, han exacerbado como siempre nuestro trasnochado nacionalismo. Y por supuesto han causado secretas hilaridades en muchas comunidades no colombianas, donde somos considerados unos parias, pero no solo por nuestra desgracia al habernos convertido en primeros productores mundiales de cocaína y por todo el despolete de país que tenemos con la corrupción y la violencia, sino que esto es una historia que viene desde lejos. Que lo digan nuestros soberbios burgueses que eligieron como estilo de vida  la imitación del estilo de vida de los anglosajones. Hemos hecho el ridículo durante siglos, rindiendo nuestros capitales a los pies de las grandes potencias modernas, Francia, Inglaterra y luego Estados Unidos, obedeciendo además todos sus mandatos, como consta en la historia colombiana y se prolonga todavía en las extradiciones aberrantes. Nuestra mirada siempre ha estado puesta hacia afuera. Lo decía William Ospina alguna vez: un país donde la clase alta se siente identificada con Inglaterra, la clase media con Estados Unidos y  el pueblo pueblo con México y sus rancheras. Y lo que tenemos dentro es visto solo como un trastorno: hay negros, hay indígenas, hay pobres a montón. Para nada queremos identificarnos con lo que somos. Para nada.
        Y desde afuera, en general nos nos miran con buenos ojos, salvo unos románticos que se enamoran tanto del país, de su embrujo natural, de la moldeabilidad de nuestra gente, de su buena fe, y terminan con restaurantes, academias, e incluso de guerrilleros, como Tania. 
        Para que podamos ser vistos con mayor seriedad, deberíamos portarnos con mayor seriedad. Hasta hace unos años, una encuesta revelaba que los colombianos eran considerados los hermanos de segunda en países como Ecuador y Venezuela (ojo: antes de Chávez y Correa). Esto porque somos un país en el que tan pronto como llega la más mínima noticia de una bonanza en otro país, salimos disparados para allá, abandonamos nuestro barco como los tripulantes filipinos en el naufragio de hace meses. Lo atestiguan las bonanzas de Venezuela en los años 70, las promesas de una vida sin contratiempos en Estados Unidos, a costa de lo que sea.  Y la  lista sigue.  Loable empeño el de mejorar las vidas, porque nuestro país ofrece poco para mucha gente, y ofrece demasiado para poca gente. Pero nuestras migraciones las  hacemos masivamente,  de manera oportunista, arreados por las circunstancias que parecen contagiar como la peste.
Nuestro romántico patriotismo solo tiene las euforias del fútbol como escape, las borracheras monumentales y la capacidad permanente de matar si alguien nos contraría. No tenemos límite si alguien hiere nuestro orgullo patrio, pero tampoco tenemos límites para herirnos, discriminarnos, maltratar al otro, en nuestro suelo patrio. No nos queremos. Somos un país donde cada uno cree que debe trepar sobre el otro, y por lo tanto perpetuar los preconceptos de inferioridad por razones étnicas, de color de piel, de género, de apellidos, de regiones. Cualquier motivo  sigue siendo propicio para administrar nuestra ofensa contra todo lo que juzguemos diferente. Y algo peor: lo consideramos como culpable de lo que ocurre, por eso es necesario linchar al otro   verbal, social o físicamente. Matar, rematar y contramatar, esa síntesis siniestra que la periodista María Victoria Uribe logró en el título de un libro.
Es nuestra tragedia. Nos odiamos de manera inconsciente y esto aflora en cualquier momento. La conquista, la colonia y la república estuvieron montadas sobre el saqueo, la desaparición social y humana y  el odio al otro. El fútbol es para muchos un espacio sagrado. Nosotros ni eso respetamos. El jugador Eduardo Escobar fue asesinado por ser el autor de un autogol que nos sacó de juego muy temprano en el Mundial de Estados Unidos 2006 y con ello barajó las apuestas de las mafias del juego.
No respetamos nada de lo más auténtico que tenemos, y sólo cuando hablamos de lo más genérico de nosotros se nos llena de agua la boca. O los ojos. Allí somos la berraquera ( no la verraquera). Nunca nos equivocamos, solo la embarramos, como dice una caricatura hecha en Colombia, que circula masivamente por allí. Y embarrarla significa ser un berraco (no un verraco). De antemano, toda acción injustificada, criminal, no es un error, es berraquera (no verraquera). De allí que desde el más desconocido capo  hasta el más encumbrado ex presidente pueda mostrar con orgullo las cicatrices de otros; con orgullo, porque significa que ellos si supieron sacarle buen partido a la vida, al país, dándole a todos en la cara, amontonando los cadáveres de las masacres y de los falsos positivos, o descalabrando al país con los robos más grandes de los que se tenga noticia en un país civilizado.


Sin pretender justificarlas, las ofensas  que nos llegan tienen el mismo sello de nuestra desgracia.  Y eso debe invitarnos no sólo a autodestruirnos con la celebración de un triunfo merecido, con la indignación máxima contra las ofensas, sino también a plantearnos los errores nuestros y los deberes que tenemos con nuestro país que juramos querer tanto. Y uno de esos deberes es admitir nuestras diferencias como constitututivas y enriqeucedoras del país, y no seguir creyendo en los falsos nacionalismos impregnados de fanatismos religiosos, clasistas y  racistas, ni en las ya impracticables y desastrosas vías armadas, como tampoco en las terceras vías, que continúan ahondando nuestra desgracia histórica.