viernes, 18 de abril de 2014

El Viacrucis de César, una denuncia contra el racismo en las escuelas colombianas (por Elizabeth Castillo).

Buenaventura concentra toda la maldad de la nación: obispo de Buenaventrua, Héctior Epalza (Semana.Com)

Monseñor Héctor Epalza, obispo del primer puerto colombiano, se pronuncia de nuevo contra las atrocidades que se cometen en Buenaventura: Buenaventura concentra toda la maldad de la nación. 


El viacrucis de César

Por Elizabeth Castillo
 Hace apenas unos días el papa Francisco I, pedía perdón por las atrocidades cometidas por cardenales y obispos pedofílicos, quienes protegidos por su condición de intermediarios de Dios en la tierra, abusaron durante años y años de ingenuos y sometidos creyentes.  Sin embargo, el perdón está todavía ausente en esta nación creyente.

El pasado viernes 4 de abril, murió envenenado César Jonhatan Alegría en Bogotá. Lo envenenaron porque su condición racial lo hizo víctima del odio y desprecio de unos de sus compañeros de clase. Eso no es matoneo, eso claramente se llama racismo.
Hace poco más de un año un joven afrocolombiano fue asesinado en un barrio del sur de Bogotá, a causa de la santa ira de un vecino que no soportaba a los “negros” en el umbral de su casa. El hombre no era un asesino, pero su racismo lo llevo a empuñar un arma y acabar con la vida de una persona.

El racismo se ha convertido en una violencia silenciosa y despiadada que transcurre todo el tiempo en las escuelas, en los buses, en las calles, en las discotecas, en los hospitales, en los medios… Opera de forma tan natural y compacta, que ya se volvió parte del humor de sábados felices y los comediantes de la noche.

Los niños y las niñas afrodescendientes en ciudades como Bogotá, deben pagar muy alto el costo de su condición racial y de minoría cultural.  Las familias de ellas y ellos padecen a diario las consecuencias de burlas, chistes, apodos, golpes, desprecio y maltrato físico.
En el año 2011 un funcionario afrocolombiano de la Secretaria de Educación Distrital de Bogotá denunciaba en un evento sobre racismo escolar, el caso de un chico de la localidad de Kennedy, quien había perdido uno de sus riñones debido a la golpiza que uno de sus compañeros le había propinado en uno de los baños de su institución educativa, en razón de que el chico era  un buen futbolista pero sobre todo “un negro”.
Es probable que todas las acciones y las luchas que organizaciones, intelectuales y líderes afrodescendientes, palenqueros y raizales han emprendido para encarar el absurdo fenómeno del racismo en Colombia, no alcancen a dar siquiera un segundo de sosiego al padre, a la madre y a los hermanos de Cesar Jonhatan Alegría.
Todavía falta mucho camino por recorrer para que lleguemos al noble acto de pedir perdón a todos y cada una de las personas que han debido sufrir en su humanidad los estragos del racismo.
El primer gran paso y tal vez el más difícil,  es aceptar -con vergüenza  pero con honestidad- que somos una nación profundamente racista. Que los noticieros le dan más centralidad a los partidos de futbol que a la noticia de César Jonhatan;  que Buenaventura le ha dolido más a sus paisanos que al resto del país que vive de la riqueza que ingresa por su muelle; que la iglesia guarda silencio frente al racismo que hoy tiene en el cementerio a César Jonhatan.
Los pecados de omisión como el silencio, como la invisibilidad de las víctimas y como la naturalización del racismo, no son menos graves que los del chico que decidió envenenar a César. 
El perdón es un acto pendiente con las familias de los niños y jóvenes que en las escuelas y centros educativos colombianos han sido maltratados en su dignidad y en su humanidad por el hecho de ser afrodescendientes, palenqueros y/o raizales.  
Los maestros y las maestras colombianas no pueden alegar que esto sucede a sus espaldas. Basta solo con mirar qué lugar ocupa la historia y la cultura afrodescendiente en el sofisticado currículo oficial, en los lineamientos y en las competencias que trasnochan a rectores y secretarios de educación. Mientras las políticas del conocimiento que dominan el sistema educativo colombiano, propicien esa ignorancia que niega o estigmatiza  la condición afrodescendiente, el sector educativo es también corresponsable de que el racismo crezca con sus “computadores para educar”,  pero sin exigir que la Cátedra de Estudios Afrocolombianos se imparta en todos los establecimientos educativos, tal como reza el decreto 1122 de 1998.
Respeto entrañable para César Jonhatan y su familia.
Duelo perpetuo en el patio de su escuela donde ya no volverá a jugar nunca más...
Y perdón público para él y todas las víctimas del racismo, por nuestros pecados de omisión.



Buenaventura concentra toda la maldad de la nación.
Declaraciones del obispo de Buenaventura, Héctor Epalza, en:
http://www.semana.com/nacion/articulo/en-plata-blanca-con-hector-epalza/383432-3