sábado, 27 de diciembre de 2014

HOY EN ISLARIODELSUR: 
Un buen año nuevo para todos nuestros infatigables lectores.
Un poema de José Zuleta Ortiz, para despedir la navidad  a través de sus hilos invisibles.
Un relato de Clarice Linspector, para que el año nuevo reparta bien los panes.
Un final con música del Pacífico colombiano. Dos maestros de la marimba: José Antonio Torres (Gualajo) y Hugo Candelario González
Un Libro al viento de la antropóloga Ana María Arango

Navidad
Desde el jardín


De un hilo desciende…
Instalada en el aire
teje la transparencia,
atrapa vuelos en la urdimbre
y amortja con sedas claras
una a una, las víctimas de su ingenio invisible.


Amanece,
la lluvia y el sol
han hecho de su red una gran lámpara:
pendiendo de los hilos del aire
miles de gotas atrapan la luz,
el collar de cuentas líquidas relumbra,
arañando el aire
por una hebra libre sube al milagro.



José Zuleta Ortiz (Bogotá, 1960), es residente de la ciudad de Cali desde hace décadas. Es director de la Revista de Poesía Clave y Coordinador de la agenda literaria de la Biblioteca Departamental del Valle. Orienta el programa Libertad Bajo Palabra en las cárceles de Cali. Es editor independiente y gestor cultural. Ganó el Primer Premio Nacional de Poesía «Carlos Héctor Trejos» (Riosucio-Caldas 2002) con el libro Las Alas del Súbdito. Premio Nacional de Poesía «Descanse en Paz la Guerra» con la obra Música para desplazados, (Casa de Poesía Silva, Bogotá, 2003). Segundo Premio Internacional de Poesía Convocado por la Universidad de San Buenaventura, con el libro Las manos de la noche (Cali, 2007). Autor además de: La línea de menta (Colección Escala de Jacob, 2005); Mirar otro mar (Hombre Nuevo Editores, 2006); y La sonrisa trocada (Cuentos - Hombre Nuevo Editores, 2008). La antología personal Emprender la noche (Común Presencia Editores, Bogotá, 2008) contiene poemas de sus libros hasta ahora publicados.


El Reparto de los Panes
Clarice Lispector

Era sábado y estábamos invitados al almuerzo de agradecimiento. Pero a cada uno de nosotros le gustaba demasiado el sábado para gastarlo con quien no queríamos. Cada cual había sido feliz alguna vez y conversaba la marca del deseo. Yo, yo lo quería todo. Y allí estábamos, presos, como si nuestro tren hubiese descarrilado y nos viésemos obligados a pasar la noche entre desconocidos. Allí nadie me quería, yo no quería a nadie. En cuanto a mi sábado -que al otro lado de la ventana se balanceaba entre acacias y sombras-, prefería, en vez de malgastarlo, encerrarlo fuertemente en la mano, donde lo estrujaba como si fuese un pañuelo. A la espera de la comida, bebíamos sin placer, a la salud del resentimiento: mañana ya sería domingo. No es contigo con quien quiero estar, decía nuestra mirada sin humedad, y soplábamos despacio el humo del cigarrillo seco. La avaricia de no repartir el sábado iba royendo y avanzando poco a poco como herrumbre, hasta llegar al punto en que cualquier alegría era un insulto a la alegría mayor.
Sólo la dueña de casa parecía no economizar el sábado para utilizarlo un jueves a la noche. Ella, sin embargo, cuyo corazón ya había conocido otros sábados. ¿Cómo había podido olvidar que siempre se desea más? Ni siquiera se impacientaba con el grupo heterogéneo, soñador y resignado que en su casa no hacía sino esperar como si esperase la partida del primer tren, cualquiera con tal de no quedarse en aquella estación vacía, con tal de no tener que estar refrenando el caballo que, con el corazón palpitante, se iría detrás de otros, de otros caballos.
Al fin pasamos a la sala para un almuerzo que no tenía la bendición del hambre. Y entonces fue cuando, sorprendidos, nos encontramos con la mesa. No podía ser para nosotros...
Era una mesa para hombres de buena voluntad. ¿Quién sería el invitado que realmente esperaban y no había acudido? Sin embargo, éramos nosotros. ¿De modo que aquella mujer daba lo mejor sin importarle a quién? Y lavaba contenta los pies del primer forastero. Avergonzados, mirábamos.
Habían cubierto la mesa con una solemne abundancia. Sobre el mantel blanco se amontonaban espigas de trigo. Y manzanas rojas, enormes zanahorias amarillas, redondos tomates de piel a punto de estallar, calabazas de un verde líquido, piñas malignas en un salvajismo, naranjas anaranjadas y serenas, machichas erizadas como puercoespines, pepinos que se cerraban duramente sobre la propia carne acuosa, pimientos huecos y rojizos que hacían arder los ojos; todo enmarañado en barbas y más barbas húmedas de maíz, pelirrojas como las de junto a una boca. Y los granos de uva. Las uvas negras más violetas, que apenas podían esperar el instante de ser aplastadas. Y sin importarles por quién. Los tomates eran redondos para nadie; para el aire redondo. El sábado era de quien fuese. Y la naranja endulzaría la lengua del que llegase primero. Junto al plato de cada mal-invitado, la mujer que lavaba los pies de los forasteros había puesto -aun sin habernos elegido, aun sin amarnos- un ramo de trigo o un manojo de rábanos ardientes o una roja tajada de sandía de alegres semillas. Todo cortado por la acidez española que se adivinaba en los limones verdes. En las jarras estaba la leche, como si hubiese atravesado con las cabras el desierto de los peñascos. Un vino casi negro de tan macerado se estremecía en vasijas de barro. Todo ante nosotros. Todo limpio del retorcido deseo humano. Todo tal como es, no como quisiéramos. Existiendo, nada más, y todo. Tal como existe en el campo. Tal como las montañas. Tal como los hombres y las mujeres, y no como nosotros, los ávidos. Tal como un sábado. Tal como simplemente existe. Existe.
En nombre de nada, era hora de comer. En nombre de nadie, estaba bien. Sin sueño alguno. Y nosotros poco a poco a la par del día, poco a poco anonimizados, creciendo, mayores, a la altura de la vida posible. Entonces, como campesinos hidalgos, aceptamos la mesa.
No era un holocausto: todo aquello quería ser comido tanto como queríamos nosotros comerlo. Sin guardarme nada para el día siguiente, allí mismo ofrecí lo que sentía a aquello que me hacía sentir. Era un vivir que yo no había pagado de antemano con el sufrimiento de la espera, hambre que nace cuando la boca ya está cerca de la comida. Porque ahora teníamos hambre, hambre entera que cobijaba el todo y las migajas. El que bebía vino se apoderaba con los ojos de la leche. El que bebía leche lentamente sentía con los ojos el vino que bebía otro. Allá fuera, Dios en las acacias. Que existían. Comíamos. Como quien da de beber al caballo. Se distribuyó la carne trinchada. La cordialidad era ruda y rural. Nadie habló mal de nadie porque nadie habló bien de nadie. Era reunión de cosecha, y se hizo una tregua. Comíamos. Como una horda de seres vivos, cubríamos gradualmente la tierra. Ocupados como el que labra la existencia, y planta, y recoge, y mata, y vive, y muere, y come. Comí con la honestidad del que no engaña a lo que come: comí la comida aquella y no su nombre. Nunca fue Dios tan tomado sólo por lo que es. Ruda, feliz, austera, la comida decía: come, come y reparte. Todo aquello me pertenecía, la mesa era de mi padre. Comí sin ternura, comí sin la pasión de la piedad. Y sin ofrecerme a la esperanza. Comí sin ninguna nostalgia. Y bien valía yo aquella comida. Porque siempre puedo ser la guardiana de mi hermano, y ya no puedo ser mi propia guardiana, ah, yo no me quiero. Y no quiero dar forma a la vida porque la existencia ya existe. Existe como un suelo por donde todos nosotros avanzábamos. Sin una palabra de amor. Sin una palabra. Pero tu placer entiende al mío. Somos fuertes y comemos. Pan y amor entre desconocidos.



Clarice Linspector: Ucrania, 1920 - Río de janeiro 1977. Es una de las más importantes escritoras de América Latina del siglo XX. Una extraña percepción del mundo se revela en sus cuentos y novelas. Destacamos dos de sus obras: La pasión según G. H. y La hora de la estrella.

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Un libro al viento de la antropóloga Ana maría Arango, directora de la Corporaloteca de la UTCH.

www.bibliotecadigitalbogota.gov.co/.../cocorobe-cantos-y-arrullos-del-p