miércoles, 3 de diciembre de 2014

UN HOMENAJE A MANUEL Y DELIA ZAPATA Y NUEVOS TEXTOS SOBRE LA MARCHA A BOGOTÁ DE LAS MUJERES DE LA TOMA

Textos de Elizabeth Castillo, Ana Margarita González y Jaime Arocha



Recordando a Manuel y Delia Zapata Olivella

Elizabeth Castillo Guzmán
Popayán, noviembre 27 de 2014

Se cumplieron diez años de la muerte de Manuel Zapata Olivella. Al recordarlo es inevitable nombrar a su compañera entrañable, la bailarina a pie limpio, la maga de su obra, su cómplice de aventuras por las geografías del folklor, doña Delia Zapata Olivella.
La presencia de ambos por los corredores del auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional de Colombia, era parte esencial del final de los años ochenta.
        Manuel y Delia caminaban sin afanes, en medio de la turba de jóvenes intensos, revolucionarios impúberes y rebeldes de un tiempo sin tiempo. Delia maestra eterna de la Facultad de Artes y directora del Grupo de Formación Folclórica;  don Manuel, hermano sabio que daba a los actos cotidianos la contundencia histórica del que sabe de dónde vienen y para donde van las cosas de la vida.
        Ambos habían producido un saber fundante en la historia del folklor colombiano. Dieron la vuelta al país y al mundo enseñando en tarima lo que sabían de nuestro acervo cultural. Envejecieron en esa hermandad de humanismo, política y artes que siempre les rodeo.  
Ella olía a flores de monte. El sonaba a los ancestros negados.
        Ambos conmovían el mundo de las artes y el folklor. Don Manuel y doña Delia Zapata Olivella tomados de sus antebrazos como viejos antiguos, presenciaban un final de siglo cargado de leyes que nombraban y reconocían lo que había estado oculto.
Don Manuel vestía casi todos los días, su traje completo, con gabardina y paraguas por si acaso la lluvia sabanera lo sorprendía. Delia vestía de blanco, como “Orisha” extraviada en los páramos andinos, y cargada de semillas que acompasaban su rítmico caminar.
Durante más de treinta años formaron a los universitarios en el conocimiento del folklor, la cultura y la africanía. Compartieron con cientos de jóvenes lo que ella y él habían aprendido en sus viajes en viejos camperos por las  tierras de Candelario Obeso,  por entre rancherías de los wayuu de la alta Guajira,  a lomo de mula por  la Tierra Mojada del Sinú, y por los callejones de una negritud perenne.
Compartieron dichas y desventuras en esa fría ciudad que les había enseñado que en Bogotá eran “negros” y que eso sonaba a repudio. Por esta razón inventaron  ese magnífico día del negro, un 20 de junio de 1943, en el que protestaron y se rebelaron contra la discriminación en los andenes y el tranvía.

        En mayo del 2001 durante el funeral de Delia Zapata en su Palenque del barrio La Candelaria, en medio del desfile de músicos, artistas, políticos, intelectuales e innumerables figuras nacionales que acudían a ese póstumo homenaje a la maestra, Don Manuel permanecía sereno y silencioso, sostenido por sus recuerdos, en una vieja silla de cuero labrado, mientras con la solemnidad de las grandes estirpes, despedía a la bailarina de Lórica. Los tambores y la música no cesaron de sonar en ningún instante, tampoco la infinita tristeza del “hermano viudo” que empezaba también su senda del adiós.

Tres años después, en mayo del 2004, mientras acontecía la toma de una iglesia del centro de Bogotá por parte de activistas e intelectuales afrocolombianos, don Manuel en su nicho del Hotel Dann Colonial, decía que sin Delia se había quedado “más solo de lo que ya había sido toda su vida”. Su duelo no terminaría hasta el 19 de noviembre, cuando a pocas calles del Palenque de Delia, él se despediría solitariamente de todos y de todo.
        Los Zapata Olivella son una tradición sin cuyos nombres estaría incompleta la historia intelectual del siglo XX en Colombia.


Las voces de las mujeres afrocaucanas

por ANA MARGARITA GONZÁLEZ*

La movilización de las mujeres afrocaucanas pone de manifiesto un conflicto en el que actores legales e ilegales se disputan recursos naturales en territorios ancestrales de pueblos étnicos.
“¡Bateas si, retros no!” exclama Francia Márquez, una mujer afrocolombiana proveniente del Consejo Comunitario de La Toma (Cauca) que el pasado 25 de noviembre llegó caminando a Bogotá junto a 70 de sus compañeras.  El grupo de mujeres salió desde el Norte del Cauca en el marco de la Movilización de Mujeres Afrodescendientes por el Cuidado de la Vida y los Territorios Ancestrales para denunciar los efectos de la minería ilegal de mediana y gran escala sobre su territorio, la ausencia de garantías para ejercer la minería tradicional y la violencia producto del conflicto armado. La movilización de las mujeres afrocaucanas pone de manifiesto un conflicto en el que actores legales e ilegales se disputan recursos naturales en territorios ancestrales de pueblos étnicos. Mientras tanto, el gobierno nacional  impulsa presuroso licencias ambientales  violando el derecho a la consulta previa.

El norte del Cauca es una región emblemática de la resistencia negra. La presencia de la comunidad afro en esta región está asociada a su labor en minas de oro y plantaciones de caña de azúcar.  Desde mediados del siglo XVI, estos pueblos practican la minería tradicional en las riberas de los ríos, que además de ser la principal actividad económica, es la base de la vida en comunidad.
Sin embargo, la región ha experimentado el impacto ambiental y social de varios proyectos económicos en los últimos 30 años. El primero de ellos,  la construcción en 1985 de la hidroeléctrica La Salvajina que generó la primera ola de desplazamiento de familias hacia zonas urbanas. Tras décadas de negociaciones con entidades del gobierno, este año, la Corte Constitucional ordenó la consulta previa y participación de las comunidades para establecer medidas de reparación  a indígenas de los Resguardos Honduras y Cerro Tijera, en reconocimiento a los daños colectivos y la violación de derechos territoriales.

Actualmente, la situación más crítica se deriva de minería industrial ilegal y de los títulos mineros legales sin cumplimiento de la consulta previa. A pesar de que el gobierno nacional ha conformado unidades especializadas para acabar la explotación ilegal, en el Cauca hay cientos de retroexcavadoras, muchas de ellas contaminando con cianuro y mercurio los ríos Cauca y Ovejas.
Además de los daños ambientales, la minería ilegal este año cobró la vida de 12 mineros como consecuencia del derrumbe de una mina en el municipio de Santander de Quilichao.  De igual forma, a la fecha - tan sólo en la jurisdicción de los municipios de Buenos Aires y Suárez- hay 21 títulos mineros inscritos (Catastro Minero Colombiano) Entre ellos, tres contratos de concesión para la empresa Anglo Gold Ashanti en los municipios de Suárez, Buenos Aires, uno en Morales, y uno en Santander de Quilichao.
En 2010, la Corte Constitucional exigió la consulta previa para expedir títulos mineros y licencias ambientales en la sentencia T 1045A y en 2009 resaltó la gravedad de la situación y declaró varios municipios de la región como casos emblemáticos para la adopción de medidas de protección.  Sin embargo, las autoridades locales y nacionales continúan sin responder apropiadamente al riesgo de la minería ilegal y  a anular los títulos otorgados sin cumplir todos los requisitos de ley.
Mientras en Cuba se discute sobre la paz y reparación a las víctimas, en el Cauca – y otras regiones del país - avanza un modelo de desarrollo económico extractivo sordo a los legítimos reclamos de estas comunidades. Ante la falta de soluciones efectivas, las mujeres del Cauca encarnan las voces que se resisten a la guerra y exclusión.  El Gobierno debe tomarse en serio las demandas de una intervención integral en estos territorios y toda la sociedad debería escucharlas, como un gesto de paz  y de reparación histórica.

*Investigadora del Centro de Derecho, Justicia y Sociedad –Dejusticia
Revista Semana.com - 3 diciembre  2014.

El antropólogo y columnista de El Espectador, Jaime Arocha, nos envía los enlaces de sus columnas sobre la marcha de las mujeres de La Toma desde Suárez (Cauca) hasta Bogotá. Un suceso poco divulgado por los medios, pese a su significado, en un país donde la minería a gran escala, ilegal o legalizada, está afectando de manera profunda los territorios y la vida de comunidades afrocolombianas e indígenas de Colombia.

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