lunes, 16 de junio de 2014

La justicia de la memoria

En Colombia empezó a hablarse del postconflicto desde hace varios meses, a raíz de los avances logrados en la mesa de La Habana. Un acuerdo para empezar a desmontar el conflicto alegra a muchos colombianos, a otros parece convertirlos en paladines de la justicia porque hablan de impunidad, liderados por el mayor tramoyista de la guerra, Álvaro Uribe Vélez.

Sin embargo, la paz que pueda seguir no será fácil, porque no se trata solo de que callen los fusiles, sino que se ataquen las causas mayores de la violencia, y sobre todo que las víctimas tengan voz, como una manera de acercarnos a la reconciliación.

La profesora Elizabeth Castillo Guzmán analiza la coyuntura que se nos avecina.


La justicia de la memoria



                   Elizabeth Castillo Guzmán
                       Bogotá, Junio 5 de 2014


En 1994 Sudáfrica eligió a Nelson Mandela como su presidente. Un año después  el arzobispo Desmond Tutu estableció como lema para la historia de esta nación: "Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón". Se instalaba la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación  en Sudáfrica para investigar los eventos criminales sucedidos durante tres décadas de apartheid (1960- 1993). La Comisión tenía la tarea de preparar un documento sobre las graves violaciones de derechos humanos, emitir recomendaciones e incluso conceder amnistías. Las lecciones que Sudáfrica aprendió en ese doloroso y valiente proceso le han dado la vuelta al mundo. Representan un emblema que fue llevado a las tablas magistralmente en la obra “Ubú y la comisión de la Verdad” que debuto en el pasado Festival Iberoamericano de Teatro en Bogotá.

Sólo un hombre como Mandela con una memoria de tres décadas de conflicto racial, persecuciones y encarcelamiento, supo la urgencia de la verdad como inicio de la paz.

Al  final de cada guerra viene el largo proceso arqueológico de la memoria. Excavar datos, nombres, imágenes, rostros, fechas, olores, lugares, recuerdos etc. hasta completar ese terrible rompecabezas que explica el horror de los actos violentos, sus actores y sus víctimas -hombres y mujeres desarmados en su frágil civilidad-


Los y las sobrevivientes al holocausto Nazi iniciaron estas batallas por la memoria como justicia. La atroz xenofobia contra el mundo judío no podía ser olvidada, mucho menos sus centenares de víctimas. La memoria del siglo XX había cambiado para siempre, el mito fundacional de occidente se habría alterado de modo irreversible y los duelos serían largos e interminables. Novelas, obras de tetaro, murales y cientos de documentales y cintas cinematográficas se han creado para que nunca se olvide lo sucedido y sobre todo para que la humanidad no lo vuelva a permitir.  Eso que reconocemos como la "no repetición".

En el tiempo de las dictaduras militares en el cono sur surgieron los militantes de la memoria política. Ellas y ellos -muchos de los cuales habían perdido un compañero, un hijo, una hermana, una vecina- propusieron politizar los recuerdos como una forma de dignificar la memoria de quienes sufrieron injustamente la persecución, la tortura y la desaparición forzosa. Se tomaron los congresos académicos, las calles, los lugares, la música, el teatro y el cine. La mayoría de exiliados militaron contra el olvido incansablemente. En Santiago y en Buenos Aires nadie olvidaba, nadie quería olvidar. Las Madres de la Plaza de Mayo emergieron como un icono moral para América Latina. La memoria se convertía en este continente de olvidos e historias domadas, en un derecho político.
  
Hace un año, la Ruta Pacífica de Mujeres le entregó al país los resultados de una comisión de la verdad, narrada y escrita dolorosamente por cerca de mil mujeres víctimas del conflicto armado en Colombia. Bajo el título “Memoria para la Vida. Una Comisión de la Verdad Desde las Mujeres” hilvanaron los testimonios de mujeres campesinas, afrodescendientes, indígenas, todas madres, abuelas, viudas, hermanas, compañeras, amigas, huérfanas, tías y esposas para darle forma a la verdad que reposa en las ausencias, los miedos, los recuerdos, las preguntas, la rabia, la terquedad, la ansiedad, la desesperanza y los sueños de cada una de las miles de mujeres que perdieron en la guerra una parte de su existencia y decidieron poner su lado sobreviviente en la lucha por la verdad, la reparación y la no repetición. “Memoria para la Vida” no es un libro, es un acontecimiento multivocal y sentipensante en el que 932 mujeres víctimas de violaciones de derechos humanos convergen para hacer justicia a la memoria y producir memoria para la justicia.

En la presentación de su libro Desterrados, Alfredo Molano, ese escribano de los colombianos de a pie, afirma enfáticamente que en Colombia necesitamos dejar de investigar tanto a la gente y más bien escuchar lo que tiene que contar. Él sabe bien que no hay un camino en esta nación donde no sobreviva al menos un recuerdo de sesenta años de violencia armada y política. Que en cada rincón de la cordillera o la llanura, sobreviven los rostros de un duelo que no ha tenido tregua durante medio siglo.  

Hablar el duelo es un acto de reparación, cuando el interlocutor es respetuoso y solidario con lo que las palabras cargan de indignidad, sufrimiento y verdad. Producir memoria escrita sobre el duelo de varios centenares de mujeres víctimas de este largo y sangriento conflicto, es hacer de su experiencia un ejemplo para la historia de una nación acostumbrada a llantos silenciosos y entierros anónimos. También es un camino ejemplar en el cual la Ruta Pacifica de Mujeres ha dicho “una verdad que tenga en cuenta los impactos en las mujeres y reconozca sus voces y experiencia, que sea parte de una memoria colectiva y no solo un estudio académico de la experiencia de las mujeres víctimas”.


En el 2009 la maestra Beatriz González hizo tributo a los muertos sin nombre de un siglo de violencias. En el viejo y olvidado pabellón de los NN, del cementerio central de Bogotá, su arte instaló 8.957Auras Anónimas en los columbarios de las víctimas que deambulan en el olvido desde la guerra de los mil días hasta hoy. Con su arte de la memoria es infatigable en la lucha contra el olvido. Ella que sobrevivió a las oscuridades laureanistas tiene la sensatez en su estética, la sensibilidad en sus recuerdos.  

Todas ellas, han hecho de la verdad un acto de justicia, de la memoria un acto de reparación que dignifique a las víctimas.   

Estas escribanas y artesanas del duelo hacen justicia a la memoria y producen memoria para la justicia.