sábado, 20 de febrero de 2021

 

DE REGRESO AL “CERCADO FUERTE AL FIN DE LA LLANURA”

Algunos recuerdos de Facatativá

Lo primero que recuerdo de Facatativá es la carretera de 40 kilómetros que me llevó desde Bogotá, con mi maleta de estudiante, pasando por pueblos que nunca había nombrado. Arribé  por fin a una pequeña ciudad rodeada de cerros, con unas piedras enormes donde había improntas  de una cultura indígena. Y luego la voz del profesor de literatura , Jaime Cárdenas: “Su nombre en lengua indígena significa Cercado fuerte al fin de la llanura”. Los muiscas fueron sus pobladores y la diosa Chía tenía allí su templo. 

Iba a cursar el 5º de bachillerato, pero llegaba con un lastre enorme: en febrero de 1966, gran parte del pueblo de Guapi (Cauca), de donde provenía, había sido devastado por un gran incendio. Mi maleta de estudiante   estuvo a punto de cerrarse para devolverme, porque creí que mi casa había sido destruida y según las noticias “había una persona mayor muerta”. Mis familiares y algunos paisanos me convencieron para quedarme.

Pese a su ubicación cerca de Bogotá, Facatativá parecía  entonces un mundo remoto, agrario, donde todo el mundo conocía a todo el mundo, y los chismes contra el otro eran creativos y soberbios, como en todos los pueblos. El viaje por carretera desde Bogotá demoraba el tiempo suficiente para uno saber que dejaba atrás un mundo urbano y entraba a una pequeña ciudad  que vivía del campo, de los incontables estudiantes que llegaban cada año en busca de un colegio que había regado su fama por el país, el Colegio Nacional Emilio Cifuentes, y donde existía todavía un internado, una institución abolida en casi el resto del país.   Dos hermanos habían estudiado ya en el colegio y existía una familia amiga y paisana, de origen guapireño, De la Torre-Burbano,  que sería mi primer contacto y refugio para el cambio extremo de una región a otra que me tocaba en suerte.

Porque tuve suerte. Lo primero que me impresionó fue el frío. Las duchas  abiertos del internado nos recibían a las cinco de la mañana, en un ritual que algunos disfrutaban, pero yo y otros “calentanos” rogábamos que la temperatura descendiera por lo menos 10 grados.  A los pocos meses, sobrevino el terremoto de 1967. Era sábado y mientras se estremecía la vieja estructura, recuerdo al compañero Rico que corrió despavorido. Grité que era  el tren que pasaba y, como siempre, estremecía la vieja estructura. Pero me hizo correr el grito de Diego Ceballos: ¡Terremoto! Salté como un relámpago y justo en ese momento un pedazo de techo cayó sobre mi almohada.

Las frías noches de Faca, como se le llama con cariño,  empezaron a volverse tan amañadoras, que al mes aprovechábamos algunos sábados para quedarnos en el pueblo y recorrer pueblos cercanos. Hay una foto refundida donde estamos algunos (entre ellos el Polilla Ceballos), sobre la vagoneta de un tren detenida para siempre... Poco a poco, los grupos “de la tierra caliente” (el Chocó, el Valle, Huila, Buenaventura)… nos reuníamos: Diego Ceballos, Antonio Sarria, el Guajiro, Trujillo “El Opita”, Carlos Castellanos, Magno, Alexis Lozano (que sería el fundador del Grupo Niche), Carlos Angulo, Arcila (el infatigable narrador de escenas de Buenaventura)… Para entonces, la canción protesta, Charles Aznavour y la Nueva Ola llenaban el ambiente. Yo iba lleno de Peregoyo, de  Matamoros, de Ricardo Ray, de Moré, de Roberto Ledesma..

Finalmente fuimos integrando grupos de trabajo: El sabio Guillermo Rodríguez, Diego Ceballos, Pacho González, Gerardo, Duque (el dibujante silencioso) y creamos un periódico que se imprimía en stencil:  El Pulpo, permeado por la corriente existencialista, el absurdo, los  primeros balbuceos estudiantiles, del proletariado y el campesinado, un revoltijo que   tenía eco en las publicaciones que luego alentaron la creación de un fugaz grupo de teatro. Los nombres de entonces se escapan: pero como no recordar a los dos Gerardos, a Acosta, Tovar, Danilo, Jorge López y, cómo no,  al  “Picapiedra”, el mamagallista que no falta en ningún grupo.


Parque arqueológico Las Piedras del Tunjo
Foto tomada de:  https://www.google.com/search?q=facatativa+panoramica&sxsrf 


    Han muerto algunos compañeros. Que estas palabras sean un homenaje a ellos y a los profesores. Recuerdo algunos: Jaime  Cárdenas, Chávez (el profesor pastuso que llamaban Chico Atómico, porque respiraba química),  el rector Zorrilla,  el ex militar  profesor de Edufísica que nos sacudía con un grito “de varón”; los profesores de Física. “el Costeño”, y luego Turga , el que sería después dirigente sindical, y nos trajo un texto delicioso de Física escrito por Sábato (sí, el escritor  argentino de Sobre héroes y tumbas), con el que la física se prendió en mis ratos libre,  con el  moméntum angular, las composiciones de fuerza, que leía con deleite, al igual que las clases de literatura y francés de Cárdenas y los tratados internacionales con el Rector Zorrilla.

Había en Faca un obispo progresista:  Monseñor Zambrano Camader (de origen payanés),  lamentablemente fallecido en un “accidente” de aviación, al igual que su colega y compañero, el Obispo de Buenaventura  Gerardo Valencia Cano, ambos de la Teología de la Liberación, del Grupo Golconda. Me presenté ante él como un habitante del lejano departamento del Cauca. Me abrazó con gran afecto, como si nos conociéramos de antes... 

Debo resaltar que mi estadía en Faca fue crucial para mi vida de escritor. De Guapi, mi pueblo, llevaba algunos poemas y pequeños relatos, con el aliento del profesor Eudoxio Prado y el Hermano Mateus , en la primaria, que me publicaron por primera vez en el periódico escolar, y de Samuel Giraldo en el bachillerato que leyó un poema mío y me alentó.  Mi vocación de poeta terminó de consolidarse allí, en ese espacio del Emilio Cifuentes de Facatativá... Recuerdo las lecturas con algunos compañeros. En la piedras de Tunja, o del Tunjo, el parque arquelogico, solíamos refugiarnos algunos  a leer poesía y relatos, algunas tardes después de las clases.  Recuerdo las lecturas de Kafka, de Neruda, de Saint-John Perse, de Carranza, de Aurelio Arturo, de Baudelaire, de Lenin, en libros intercambiados o comprados en librerías de agache en Bogotá. Pero también las horas reescribiendo poemas…

El periódico estudiantil me sacó del anonimato. Publiqué un primer poema (un soneto). Fiel a mis lecturas de magazine de los nadaístas, me firmaba con el estrambótico seudónimo de  Yano-Z . El profesor de Literatura, Jaime Cárdenas, pidió que se pusiera de pie el que había escrito ese soneto. No tuve remedio. Me felicitó: “Un joven tempranamente indigesto de auroras”, recalcó, aludiendo a uno de mis versos. Otro profesor de literatura, más chapado a los cánones antiguos, decía que “era digno de pasearme con las musas”. Uno de los compañeros, el mamagallista Picapiedra, de un humor corrosivo, dijo que “las musas eran las muchachas de los bares de Faca”.

Gané mi primer premio de poesía en el  concurso de la Semana Cultural del Colegio con un poema que olvidé para siempre, alusivo a La hora 25… El diploma me lo entregó nada menos que el poeta payanés Rafael Maya, quien prefiguró con voz reposada un buen futuro poético para el autor de ese poema. Ya había leído al poeta Maya, que ha sido olvidado en medio de las sublimaciones de su paisano autor de “Los camellos”.  Un año después gané un concurso de cuento del programa de radio nuevaolero que dirigía Alfonso Lizarazo: “Las envidias de un genio”, se llamaba el  cuento juvenil premiado. 

Para el acto de graduación de 6º año, los compañeros  me encomendaron las palabras de despedida. El día de graduación coincidía con mi fecha de nacimiento: 29 de noviembre. Bauticé a nuestro grupo (6o A y B) como El Sexto Regimiento, ahora felizmente reunidos en un chat, y con dos encuentros a cuestas, a los que he faltado. En el chat, reconozco a tantos que hoy descuellan en sus profesiones y en su pensamiento. Gracias, compañeros, por tan buenos momentos y la solidaridad de siempre. Por cierto, no faltaré al tercer encuentro. Espero que para entonces se haya descubierto el sitio donde se guardó “La caja del tiempo”, que no ha sido ubicada. “El “Cercado fuerte al fin de la llanura” lo siento cada vez más cerca y cada vez más entrañable.

 

Notas en tránsito

Remito a los lectores al blog del martes 6 de mayo de 2014: Los verdaderos dueños del Puerto de Buenaventura.

 

Aniversarios del mes

27 febrero (1920): nacimiento del poeta guapireño Helcías Martán Góngora (muere en Cali en abril 1984). Se conmemoró el año pasado el centenario de su nacimiento.

6

 

La canoa es el principio y el fin de las distancias.

Abecedario de la lejanía, cómo es de fácil aprender en ella la lección

del paisaje. Sobre su vientre hondo el nativo se siente como en el

corazón del universo.

Todos los hombres ribereños la aman. Las doncellas la quieren,

porque saben que es el vehículo que ha de traerles el ósculo

esperado. Los niños la veneran, porque comprenden que es el

mejor juguete.

(Helcías Martán Góngora De: Evangelios del Hombre y del paisaje y Humano Litoral – Biblioteca de autores afrocolombianos – Ministerio de Cultura - Bogotá 2010)

 

19 de febrero: fallecimiento de Beny Moré (1963)

Homenaje a Beny Moré

Del trompetista de jazz jamaiquino cubano Bobby Carcassés

Y del pianista cubano Chucho Valdés, en vivo.

 

https://www.youtube.com/watch?v=U3whBF8NOOA

 

CARTA DE FONDO

Nos escribe desde Popayán uno de los lectores, colaborador y amigo, Eduardo Gómez Cerón (Abogado, periodista, docente, escritor) para unirse a las conmemoraciones de Islario:

José Eustacio Rivera

San Mateo-Rivera, Huila, 19 de febrero de 1888 – Nueva York, 1 de diciembre de 1928

Por: Eduardo Gómez Cerón

Un aspecto menos conocido de  Rivera es que colaboró con José Vasconcelos en la gran campaña de alfabetización que hicieron en el México postrevolucionario, con Gabriela Mistral y Pedro Henríquez Ureña, entre otros. La hermandad de los intelectuales latinoamericanos para empeños educativos y culturales, es solo comparable con la hermandad política de los luchadores por la justicia social, que si ha sido del caso, los ha llevado hasta ofrendar su vida combatiendo en suelo hermano... Y décadas después, unos y otros seguían en el mismo empeño. Cómo olvidar al ya mencionado escritor dominicano, Henríquez Ureña, con su gran amigo Alfonso Reyes, el inigualable maestro mexicano, reposando unos minutos antes de la hora vespertina, tomándose un café ya muy mayores, para empezar su jornada nocturna, ad honorem, en la Universidad Obrera de Buenos Aires, que habían ayudado a fundar... Y eso después de haber tenido una jornada completa en las universidades en que estaban contratados. ¡Honor y gloria, y seguir el ejemplo de estas personas maravillosas, hombres y mujeres!. 



Gracias por recorrer nuestro Islario. Quedamos pendientes de sus comentarios.

 

 

 

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