domingo, 9 de noviembre de 2014

CARLOS ARTURO TRUQUE, ESCRITOR INVITADO

El escritor condoteño no solo fue un gran narrador, sino también un gran pensador, rebelde, solidario con el pueblo colombiano. El racismo lo golpeó, como él mismo lo narra en el siguiente texto, enviado por nuestra colaboradora, la profesora Elizabeth Castillo Guzmán, publicado en la mítica Revista Mito. Hace poco, en el Festival Universitario de la Universidad del Valle sede Buenaventura, se hizo un homenaje a su memoria, con la publicación de un libro sobre su legado.
En 2010, el Ministerio de Cultura  de Colombia incluyó su libro Vivan los compañeros. Cuentos completos, en la Biblioteca  de Autores Afrocolombianos


La vocación y el medio. Historia de un escritor
Por: Carlos Arturo Truque
Tomado de: Revista Mito, año I, No. 6.(Bogotá, febrero-marzo de 1956).
Quien lea estas páginas, creo, no podrá atribuirlas a la amargura o al resentimiento. Soy un hombre normal, o al menos lo hubiera sido si la sociedad, tan arbitrariamente construida, me hubiera brindado las oportunidades que siempre perseguí y jamás alcancé. No por eso soy un frustrado; aún tengo ánimos suficientes para seguir una lucha, que de antemano sé perdida.
Mi vida, aparte de los sufrimientos, carece de importancia. El común denominador del pueblo colombiano es la inseguridad, la inestabilidad; ese sentimiento horrible de no hallar el lugar que corresponde al hombre en un sistema determinado. La mayoría de las ocasiones nos vemos en la necesidad de reconocer que somos una pieza demasiado suelta del engranaje social. Giramos sin correspondencia alguna y nos sentimos víctimas de fuerzas oscuras que no estamos en capacidad de controlar.
No sé desde cuándo me posesioné de esta verdad. Tal vez desde muy temprano aprendí la diferencia que media entre los débiles y los poderosos y tuve la experiencia dolorosa de saberme colocado entre los que nada tienen que exigirle a la vida, porque ya les ha sido negado todo de antemano.
Quizá pueda lo anterior ser interpretado como el grito de un desesperado o como la prueba de una marcada desadaptación al medio. Si los que tal cosa piensan hubieran estado sometidos a las pruebas que me han tocado en suerte, pensarían de diversas maneras.
Desde temprano me asedió, como perro rabioso, la injusticia humana. Desde la escuela humilde de barriada donde me enseñaron las primeras letras tuve la impresión, la  certeza, de que me había señalado con su dedo implacable.
Siempre fui, no peco de orgullo o vanidad al decirlo, un buen estudiante. Me apasionaban los libros, la tinta fresca, la aureola bohemia de los escritores de la época. Pronto me sentí atraído hacia ese campo que nunca pisan los llamados hombres prácticos: las letras. No sabía cuántas malas pasadas me estaba jugando la vida a llevarme por caminos que, de haberlo pensado, no habría transitado.
Allí empieza todo. De allí, de una urgencia extrema de dar a conocer mis sentimientos y mis reacciones, parte la disconformidad, tal como está constituida, y el modo diverso como yo creo que debe estarlo. Sin embargo, no soy un reformador ni un innovador en materia tan ardua. Puede ser que yo vea las cosas desde un punto de vista distinto a como las mira los demás y sea esa la causa de no pocos de mis sinsabores. Pero, juzgando los problemas con una lógica sana, no es posible imaginar al hombre perdido en tantas encrucijadas sin sentir por él un poco de compasión, un mínimo de humana solidaridad. ¿Solidaridad humana? ¿Participación en la angustia colectiva? ¡Quién sabe! (Aquí habrán de sonreír los hombres prácticos). Quién sabe si esa solidaridad humana, si esa coparticipación en la angustia contemporánea, sean solo modos de ocultar la propia impotencia y la propia vida fallida. Puede ser. Lo único que podría garantizar es que este testimonio lo he vivido y antes que yo lo vivieron otros, de los cuales no se conserva memoria. Por ellos doy a ustedes un poco de sus vidas y mucho de la mía.
Nací en la era mecánica, en un pueblo que la desconocía. Cualquier pueblo de Colombia, de esos que se quedan en un remanso de la civilización y que conservan como tesoro más preciado lo elemental de la existencia. Hasta mis ocho años no conocí la barrera que separaba a unos seres de otros. Como el pueblo era pobre, nadie pensó nunca que la riqueza era un factor para brillar y valer más que los que no la poseían. Siendo un pueblo de negros, nadie imaginó que las diferencias de pigmentación pudieran abrir abismos insalvables y ser usadas para establecer la dominación y el repudio sobre quienes se consideraron inferiores.
Vine, si así puede decirse, limpio a la vida. Esta me enseñó bien pronto la lección que el bueno de mi pueblo, no se había podido aprender; que el mundo está fundado sobre valores bien diversos y, como la vida no da nada sin arrancar un dolor, este conocimiento me desgarró y destruyó en lo más puro que puede tener un ser humano: la fe en la ajena bondad.
Sucedió de la manera más sencilla: desde el pueblo fui trasladado a Cali, que por entonces comenzaba a tener aires de gran ciudad, y matriculado en la escuela pública de San Nicolás. Como lo dije anteriormente, me gustaba estudiar y me destaqué muy pronto como uno de los mejores alumnos de la escuela. Hacía, cuando sucedió lo inesperado, el tercer grado elemental.
Había estudiado mucho para rendir los exámenes finales y además, el mequetrefe de mi maestro, un caramelo de pedagogía religiosa, para usar una frase grata de Barba, había dividido el curso en dos grupos: griegos y romanos. Yo era el capitán de los griegos, honor que se dispensaba al alumno que mejores resultados diera.
Con todos estos antecedentes era natural que esperara  mi aprobación como hecho cumplido y, a más de eso, ganar uno de los premios dispensados a los estudiantes destacados.
Si hubiera tenido un poco de conocimiento del corazón humano, no habría esperado tanto; porque mi santo maestro, ahora lo entiendo claramente, nos endilgaba, por quitarme allá estas pajas, sus buenos discursos sobre el nacionalsocialismo (España estaba en plena Guerra Civil), muy adobados con comprensibles capítulos de Mi lucha. Si, como digo, hubiera podido entender bien lo que ese hombre pensaba y hubiera estado en capacidad de sacar ciertas deducciones, no me hubiera forjado las ilusiones que me forjé.
Tengo la convicción profunda de haber contestado acertadamente el ochenta por ciento de las preguntas que figuraban en el cuestionario y recuerdo haber salido de clase con el orgullo de quien siente que ha cumplido con su deber de la mejor forma posible. No puede engañarme el recuerdo. El día de la entrega de los informes finales me pusieron el vestido más presentable que  tienen los chicos de barriada: el uniforme escolar. Desde temprano estuvimos con la buena señora que se había encargado de mí, rondando por el parquecito que había frente a la escuela, esperando la hora del comienzo de la ceremonia, que ella, en su ingenuidad y yo en la mía, creíamos de una importancia excepcional.
Al comenzar tocaron la campana y nos hicieron formar frente a una tarima, sobre la cual se hallaban los profesores (no les gustaba que los llamaran de manera distinta), con unas caras apropiadas para la ocasión. El mío me distinguió, porque me hallaba al principio de la fila, y me regaló una sonrisa completa. Todavía no he podido saber si me la brindó para consolarme anticipadamente o para burlarse simplemente de mí. El director hizo sonar una campanita y acabó, como de un golpe, con los murmullos que hacían los padres de familia y la chiquillería. Después de unas breves palabras, pronunciadas temblorosamente, se sentó aliviado y comenzó a llamar por sus nombres a los alumnos del primer grupo. Me sentía realmente cansado con tanto tiempo como llevaba en pie. A cada nombre, se adelantaba alguien de la fila y recibía su certificado. Algunos padres, furiosos por el resultado adverso, la emprendían a trompadas contra sus hijos. Compadecía sinceramente sus sufrimientos, pero me consolaba pensando que a mí no podía sucederme lo que a ellos estaba sucediendo.
El primero de mi grupo fue llamado. Era un tartamudo que nunca pudo encontrar la manera de dar una lección en forma correcta; porque, a más de tartamudear, nunca se las aprendía.
El padre se hallaba a un lado de la señora que iba en representación d mi familia. Le vi recibir el certificado del hijo, abrirlo y leerlo y hacer un gesto de satisfacción. Esto me extrañó un tanto, pero pronto me consolé, atribuyéndole al maestro una bondad que estaba lejos de poseer.
Cuando llegó mi turno, me adelanté, con cierta timidez, debo confesarlo, pero con una seguridad interior que tenía por qué ser justificada. Recibí el certificado y ni siquiera lo abrí. Tal como me fuera entregado lo llevé a quien me representaba. Ella no sabía leer y se quedó aturdida, sin saber qué hacer con un papel que, a lo mejor, le reservaba una alegría o una decepción. Porque me quería de una manera dulce y buena, como solo saben querer aquellos que no tienen sino eso para dar.
El padre del tartamudo comprendió la situación y se apresuró a decirle:
-¡Si usted quiere, señora..!
 Ella le tendió el papel. El hombre lo abrió y dejó escapar este comentario:
-¡Negro sinvergüenza..!
Y dirigiéndose a ella:
-¡Ha perdido el año…! ¡Póngalo a trabajar, señora! ¡Esa porquería no va a servir para nada…!
De momento no entendí. Pensé que el hombre había leído mal y le pedí que me dejara ver el certificado. Era cierto. Allí estaba escrito, no había duda, yo mismo podía constatarlo. Me pregunté por qué, desconcertado. El maestro seguía en su sitio. Lo miré con rabia, con odio capaz de causarle la muerte, con una furia igual a la del hombre a quien dan una palmada que no se ha merecido. No recuerdo que hubiese sonreído. Me sostuvo la mirada, retándome, provocándome. Es una de las pocas veces que me he sentido capaz de arrancarle la vida a alguien con un sentimiento de felicidad. Nunca volví a ver a ese hombre en la vida. Pero sus ojos se han seguido repitiendo en otros que he conocido, como si fueran  él mismo con rostro diferente.
De él aprendí, sin embargo, una cosa fundamental: que entre los infelices también hay diferencias profundas, que los humildes en ocasiones adoptan el mismo punto de vista de los poderosos  y comienzan a levantar murallas entre ellos con la esperanza de tender un puente que los asimile a una clase social más alta. Debo aclarar que jamás sucede lo anterior en las capas  incontaminadas de la sociedad, en el pueblo que tiene una conciencia de su insignificancia y al mismo tiempo de su fuerza. Es invisible el fenómeno sobre todo  en la clase intermedia, la mal llamada pequeña burguesía, abyecto reducto de sustentación para las clases superiores y su única defensa de los justos anhelos de mejor estar de los desvalidos.
El incidente que he narrado trajo consecuencias irreparables. Yo era un introvertido y desde entonces lo fui más. Me acostumbré a hacer una vida para ser gozada solo por mí. Y fui desarrollando un crudo egoísmo que hubiera llegado a destrozarme, si no hubiera tenido la pasión de llenar cuartillas. Eso constituía una especie de compensación para mi anormal comunicación con el mundo exterior. Hallé una forma de volcarme sobre él, de hacerlo partícipe de mi mundo y participar a mi vez del suyo. Y nada fuera de lo común hubiera sucedido si la actividad literaria cuando se posesiona de un hombre no le restara la capacidad de actuar en otros campos; pero la creación exige la entrega absoluta, la rendición incondicional, el sometimiento a todas las contingencias, para brindar en cambio el breve placer de una nota laudatoria o el perecedero resplandor de un triunfo que dura lo que una candelada en el verano.
Todas las pruebas que he soportado, en lucha contra el concepto imperante sobre el escritor, las debe haber pensado también todo aquel que se dedique o se haya dedicado a escribir en un país como el nuestro, donde el artista es tolerado apenas cuando la clase dirigente quiere olvidar por unos minutos la tragedia de los balances y las cotizaciones de la bolsa. Entonces esa clase rectora inepta pone sus condiciones y obliga al artista a hacer una obra alejada de la realidad, con materiales de segunda mano, pero que pueden servir si el objetivo es llenar los deseos enfermizos de una casta que ha vivido los sufrimientos ajenos y que no quiere un arte que pueda mostrarle su culpabilidad.

Para quienes quieran una forma artística, nutrida de las condiciones de vida de la masa del pueblo colombiano, el camino está vedado. Esta afirmación no es un capricho de teorizante, sino una verdad dolorosa. En el año de 1951, tuve necesidad, porque creía que lo hasta esa fecha escrito tenía un valor relativo y que era algo que se había hecho en el país, de trasladarme a la capital. Traía miles de ilusiones y pocos centavos. ¡Apenas un hatillo de peregrino, muchos, muchos, muchos sueños…!
¡Ignoraba la existencia de jefaturas de redacción y la insolencia de los pontífices!
 ¡Qué de nombres que no se correspondían al concepto que de ellos me había formado leyendo los suplementos literarios…! El derrumbe de unos cuantos ídolos y la certeza de que a la literatura nacional le estaba haciendo falta una inyección de honradez y un alejamiento de los burgueses vanidosillos, endiosados por elogios inmerecidos. Desde el conocimiento personal del mundillo literario capitalino, afirmé mi convicción sobre el destino futuro de nuestras letras y adquirí la fe profunda de su salvación por hombres que quieren acercarse al elemento popular y tratarlo de manera nueva, alejada del academicismo y del purismo, señalándome un derrotero, no confundiéndolo con las tediosas disquisiciones, dudas, problemas y soluciones copiadas de las lecturas de los clásicos modernos.
Pero asumir esta posición honrada tiene sus altibajos. Mientras los suplementos plantean a cada instante una supuesta crisis cultural, los elementos que pueden reconciliar el pueblo con el arte se pierden víctimas del hambre y la miseria.
Para sorpresa mía, pecaba entonces de ingenuo, fui viendo cómo se cerraban con una sonrisa sardónica las puertas a mis espaldas. Literatura sucia llamaban a mis escritos por el solo hecho de usar términos que la moral y las buenas costumbres consideraban lesivos. Todo un atentado constituye en el país el uso de palabras que figuran en diccionario y que las señoras, las buenas señoras, consultaron a hurtadillas cuando tenían doce años y no las olvidaron, a fuerza de repetirlas, en el curso de sus vidas. Alguna vez tuve hasta un poco de compasión por un hombre a quien yo tenía en gran estima y era director de una revista publicada por una compañía de seguros. El hombre, nacido en un hogar que no se distinguió por la abundancia de bienes materiales, pidió uno de mis cuentos para, tal vez, así lo creía, darme el honor de incluirlo entre el material de su órgano de difusión. Lo leyó y, poco a poco, la jovialidad que exhibía se fue trocando en una mueca de fastidio, casi de rabia:
         -Esto no se puede publicar –me dijo.
         -¿Por qué? –le respondí.
         -Muchas palabras feas...No propiamente feas; pero comprenda que nuestra revista llega a manos de muchas damas de la sociedad…
         -¿Y?
         -Pues que no aguantaríamos la cantidad de reclamos que se nos vendrían encima.
No le repuse nada. Me pareció inútil discutir con un hombre de ese temple, escritor él mismo, y que le tenía tanto horror  al idioma como los gatos al agua. La palabra usada, repetidas veces, era…!Gran carajo!
Si este buen burgués se asustaba de un término como este, de uso corriente en la conversación familiar, ¿podría esperarse algo de los que como él marcaban la pauta en el arte colombiano? Y aún tenían el descaro de hablar de crisis, cuando la crisis no residía sino en ellos. Ocultaban las palabras para encubrir su propia podredumbre, la carroña anímica, su incapacidad creadora, disfrazada con el oropel de las frases seudo-brillantes y sin contenido. Arte para minorías selectas, creo que lo llaman. Arte de distracción para ricachones neuróticos y jovenzuelos sin oficio, lo llamaría yo.
Sobre lo anterior alguien me recordaba la amarga queja de un crítico, si es que tenemos alguno, sobre el alejamiento de las masas. “La gente no quiere leer” decía. Y no quiere leer porque no comprende; porque no se ve reflejada en la obra, porque el pueblo, no teniendo cultura, sabe reconocerse y comprende, si alguien está bien intencionado respecto a él, los derroteros que se le señalan. No deben olvidar nuestros europeizantes que las épocas más floridas de la literatura universal han estado normadas por los pueblos y los escritores no han sido sino meros escribanos, artesanos por mejor decirlo, de la voluntad popular.
Ejemplos recientes hay a granel en la literatura moderna latinoamericana. La enseñanza de los ecuatorianos y su vigorosa  novela, conocida ya universalmente, es digna de ser seguida. Ese pequeño pueblo ha tenido el valor de presentar a la faz del mundo sus problemas sin avergonzarse por ello. Eso le ha valido un sitio que los equivocados pontífices nuestros no han podido obtener en el concierto de las naciones cultas de la tierra. Porque para llegar a la universalidad hay que partir de los elementos que se tienen a mano y  laborar con ellos para situarlos en planos elevados de la creación.  Lo contrario, el sometimiento irrestricto a las culturas foráneas, sólo puede dar por resultado el arte intuitivo, sin base de sustentación y sin valor alguno.
Puede ser que me haya  alejado de mis propósitos iniciales al hacer tan larga serie de consideraciones; pero se justifican si se tiene en cuenta que el escritor está sometido a ellas, es una víctima del engranaje social que no lo tiene en cuenta en su desarrollo.
Creo que tengo la suficiente autoridad para hablar de problemas que he sufrido en carne viva; es más, creo que los hombres que se inician y trabajan por hacer una gran obra que enorgullezca las letras patrias, me comprenden. Ninguno de ellos ha podido librarse del hambre, del sufrimiento, de la incomprensión de los dómines, de las críticas del clan, de la mirada sardónica de los reyezuelos de redacción y de los gritos de espanto de las viejas beatas que se ha apoderado de la cultura nacional.
Tengo, eso sí, una fe profunda en la fuerza de los humildes. Sé que vendrán otros hombres y harán accesible el camino a los que vengan detrás de nosotros con idénticos anhelos. A ellos les tocará la vida limpia que no hemos tenido la oportunidad de vivir. Mientras tanto, es nuestro deber sostenernos firmes para no hacernos acreedores a su desprecio.
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 Nota: Este texto se publicó también en el libro  de la Biblioteca Vivan los compañeros. Cuentos completos. Carlos Arturo Truque , http://www.banrepcultural.org/sites/default/files/88092/05-Carlos_Truque_Vivan_los_companeros.pdf , página 33, de  Biblioteca de Literatura Afrocolombiana Mayo 2010. Matriz: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/biblioteca-afrocolombiana/vivan-los-companeros-truque

Ver: Homenaje a Carlos Arturo Truque, Buenaventura, Universidad del Valle, 2014.
http://ntc-narrativa.blogspot.com/2014/10/carlos-arturo-truque-valoracion-critica.html

Síntesis biográfica
Tomada de: http://escritorescolombianos.blogspot.com/2006/11/carlos-arturo-truque.html
Nació en Condoto (Chocó) el 28 de octubre de 1927 y murió en Bogotá en 1970. En Buenaventura hizo sus estudios de primaria. En calí inició los de bachillerato en el Colegio de Santa Librada, terminándolos en Popayán en el Liceo de la Universidad del Cauca; posteriormente haría un año de ingeniería en dicha universidad.
En Popayán se inició literariamente al colaborar en revistas estudiantiles dentro del género poético con el seudónimo de Charles Blaine. Posteriormente publicó algunos artículos literarios en diferentes periódicos del país, pero tan sólo a finales del año 1953 se dio a conocer nacionalmente por haber obtenido el premio Espiral de ese año con su libro “Granizada y otros cuentos”. En 1954 obtuvo el tercer premio en el concurso de la Asociación de escritores y artistas de Colombia con su obra “Vivan los compañeros” y, en enero de 1958, fue distinguido con el tercer premio en el concurso folklórico de Manizales y primer premio EL TIEMPO con su cuento “Sonatina para dos tambores”. En 1965 obtuvo mención honorífica en el V Festival Nacional de Arte por su obra “El día que terminó el verano”. En 1951 había conseguido ya un premio en el festival de Berlín (RDA) con su drama Hay que vivir en paz.
Muy estudiada en Estados Unidos, su obra cuentística ha sido traducida además al ruso, al francés, al alemán y al chino. Un volumen de sus cuentos completos fue publicado en el año 2004 por la Universidad del Valle. Es un autor insoslayable en las antologías de cuento colombiano, entre las últimas de las cuales mencionaremos estas dos: “Un siglo de erotismo en el cuento colombiano”, selección y prólogo de Óscar Castro García, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2004, y “Cuentos y relatos de la literatura colombiana”, selección y textos de Luz Mary Giraldo, Fondo de Cultura Económica, Bogotá, 2005.