viernes, 21 de julio de 2017

A propósito de sicarios: Un texto de Margarita Jácome sobre dos novelas de Mario Salazar Montero y Alfredo Vanín

#sicarios colombia  #novela colombiana
Reconfiguración del sicario en Felicidad quizás de Mario Salazar Montero y Los restos del vellocino de oro de Alfredo Vanín.
Margarita Jácome*. Loyola University Maryland
Logo Perífrasis Revista de literatura, teoría y crítica ISSN. 2145-8987 (Impresa) ISSN. 2145-9045 (Web) Logo Universidad de los Andes Logo facultad de artes y humanidades
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Resumen
Este artículo analiza la transformación de la figura del sicario como personaje de ficción en la novela colombiana reciente sobre la base de su representación en los textos Felicidad quizás de Mario Salazar Montero y Los restos del vellocino de oro de Alfredo Vanín. Además de estudiar dicha representación en cada novela en particular, se la compara y contrasta con el perfil del asesino a sueldo establecido por la novela sicaresca de los años noventa, para proponer algunas características de la evolución del género evidenciadas en textos enmarcados en diversos tipos de violencia.
Palabras clave: sicario, narraciones de la violencia, novela sicaresca, desplazamiento, marginalidad.

Abstract
This article analyzes the transformation of the hit-man - sicario - as a fictional character in recent Colombian narratives, based upon its representation in Felicidad quizás by Mario Salazar Montero and Los restos del vellocino de oro by Alfredo Vanín. Besides studying the sicario figure in each novel, this article compares and contrasts the recent image of the hired assassin to the one established by the sicaresca novel of the 90´s. Additionally, this methodology helps pointing out some characteristics in the evolution of this literary genre within the context of diverse types of violence.
Key words: hit-men, narratives of violence, sicaresque novel, displacement, marginality.



La presencia protagónica de jóvenes asesinos en narraciones ficcionales colombianas de los años noventa, que se consolidó en el género conocido como novela sicaresca1, se ha transformado en la primera década del siglo XXI en elemento accesorio de representaciones de una violencia generalizada en el territorio nacional2. En este último decenio, las representaciones ficcionales del sicario han tomado dos rumbos. Por una parte, aparecen en la llamada narco-novela, en la que el asesino a sueldo asoma como personaje secundario al lado de las novias de narcotraficantes, políticos corruptos y una sociedad complaciente, en textos que exploran las guerras entre carteles y las vidas extravagantes de los capos, como Sin tetas no hay paraíso (2006) de Gustavo Bolívar o El cartel de los sapos (2007) de Andrés López, libros de grandes ventas en Colombia y el exterior. Por otra parte, el sicario se encuentra en textos cuyo eje temático no es el narcotráfico, sino que narran otros eventos de violencia, injusticia e ilegalidad tales como el abandono estatal, el desplazamiento forzoso o el secuestro, entre otros. Es este segundo tipo de ficción el que aquí nos atañe. El objetivo de este trabajo es analizar la representación del sicario en las novelas Felicidad quizás de Mario Salazar Montero (2002) y Los restos del vellocino de oro (2008) de Alfredo Vanín Romero, que se desarrollan en el Pacífico colombiano y que, al igual que las novelas Morir con Papá de Óscar Collazos (1997) y Sangre ajena de Arturo Alape (2000), representantes de los comienzos de la novela sicaresca, han recibido poca atención de la crítica literaria3. Adicionalmente, el análisis permitirá dilucidar algunas de las transformaciones en la representación de esta figura en producciones ficcionales sobre la violencia de la última década en Colombia.
      Felicidad quizás es una novela sobre supervivencia en un medio hostil. El relato está compuesto por las historias entretejidas de cuatro personajes que, como sugiere el título, tratan de inventar su propia felicidad: Lukas, un empleado suizo acusado de malversación de fondos que se refugia en un puerto del Pacífico colombiano; Jaramillo, el potentado local que ha amasado su fortuna explotando las necesidades del prójimo; Nisidé, una mujer que ha regresado derrotada de Europa; y Evelio, un joven que luego de prestar el servicio militar decide ejercer el oficio de sicario y secuestrador.
      En primera instancia, Evelio es un sicario atípico, comparado con los personajes de relatos de la sicaresca anterior. Por un lado, no proviene de un entorno social pobre o carente de oportunidades, sino que ha crecido rodeado de los mimos y regalos de su madre, comerciante de mercancía de contrabando en Bogotá. Así, su incursión en el mundo del crimen y de la muerte como negocio se da más de manera circunstancial que por necesidad económica. Por otro lado, aunque el joven es usado como agente de diversas actividades ilegales en la novela, en Felicidad quizás el muchacho es más un secuestrador potencial y un sicario frustrado, ya que nunca llega a cometer ninguno de esos dos crímenes: "Para Evelio la oportunidad de viaje fue sin lugar a dudas un golpe de suerte inesperado, la misión ideal para un ex-soldado ambicioso y desocupado: incursión en territorio desconocido con estrategia y apoyo logístico asegurados de antemano, provisto con la información necesaria para coronarla con éxito. Una cosa piensa sin embargo el burro y otra el que lo está enjalmando. Evelio terminó no sólo inmiscuido en la vida privada de sus supuestas víctimas sino además en su peón ideal" (154). Hay que aclarar que en general en la novela de Salazar Montero el sicario potencial es un ex militar entrenado que considera el asesinato como parte de un deber, y adicionalmente como una forma de ganar dinero. No obstante, en gran parte de la historia se mantiene la figura del joven como objeto, pues varios personajes, incluso aquellos que sólo esperan que alguien detenga los abusos de Lukas o Jaramillo, recurren a “la estrategia del cobarde: manipular a un joven desechable como instrumento a distancia, servirse de él como escudo interpuesto…” (159).
      También, se hace necesario explicar aquí que aunque se hable del sicario como objeto en su representación en la novela sicaresca de los años noventa, así como en narraciones posteriores, el asesino a sueldo no es una figura monolítica, pues tanto su aparición como su permanencia y su evolución en la dinámica de la violencia representada a lo largo de las dos últimas décadas en la literatura colombiana obedecen a una realidad social e histórica, y no sólo a una decisión estética. Así por ejemplo, en Sangre ajena, Ramón y Nelson se convierten en niños sicarios por la precaria situación familiar que los obliga a procurarse el sustento y viajar a donde se ofrecen oportunidades de trabajo: Medellín y el narcotráfico; o Jairo en Morir con papá, quien entra en el negocio de la muerte siguiendo los pasos de su padre y a quien no se le presenta otra opción para salir de la marginalidad; o Wílmar y Alexis en La Virgen de los sicarios, caracterizados como parte de la cadena del consumo instaurada en la sociedad colombiana por el tráfico de drogas. De igual forma, para Evelio, en Felicidad quizás, pasar de soldado a sicario contratado por sus ex superiores resulta ser una transición lógica que remite a la corrupción de algunas instituciones del Estado colombiano y a la participación de militares en situaciones de criminalidad características del último decenio. Como afirma Daniel Pécaut, el conflicto colombiano de las últimas décadas ha sido alimentado por los estamentos de control del Estado y no se puede “dejar de mencionar la tolerancia, cuando no la complicidad, de sectores de las Fuerzas Armadas, de las élites y de la clase política en la creación de grupos de autodefensa y los asesinatos de los oponentes” (13).
      Esta transición de Evelio que desde la ficción inserta este matiz adicional de ilegalidad en el funcionamiento del Estado, tiene que ver también con diversos aprendizajes del muchacho dentro de la novela. Así, por ejemplo, antes de su arribo al puerto, el ex militar ha recorrido el país por tierra, viviendo de los dólares falsos que le ha robado a su superior en el cuartel, llevando “siempre consigo la lista arrugada y maltratada, con los nombres de las víctimas que ya había ubicado, observado y clasificado por importancia” (83). Sin embargo, a pesar de las comodidades y la libertad que disfruta con el dinero robado y cuya procedencia nadie cuestiona, al final de su periplo nacional Evelio empieza un proceso de concientización gracias a la filmación de la vida diaria de sus supuestas víctimas, el cual desembocará en la inacción en su papel de asesino a sueldo, pues comprende que la fragilidad de la existencia propia y ajena, “esa absurda dependencia del dinero para acercarse a una felicidad acartonada y la ineptitud de la gente para descubrir otras formas de lograrlo, le impidieron actuar” (86). Éste será el primer paso en un proceso en que el joven, ya mayor de edad, se resiste sistemáticamente a ejecutar los actos criminales que se le encomiendan, tratando así de abandonar un destino impuesto por quienes manejan los hilos ilegales del poder que circundan el puerto y el resto del país. A lo largo de la novela, la cámara de video le dará acceso al conocimiento de sí mismo, registrando tanto los desaciertos propios como las responsabilidades ajenas.
      Ahora bien, aunque Evelio es un sicario malogrado, el lector siente la dimensión de una violencia constante a lo largo del relato. Sin embargo, no es la violencia incesante ejercida por el sicariato urbano de Medellín o Bogotá, magnificada por el exiliado que vuelve al país en La Virgen de los sicarios o descrita en detalle por la memoria del narrador-niño de Sangre ajena. La violencia en Felicidad quizás es, más bien, el motor de la trama, que consiste por ejemplo en la serie de asesinatos de jóvenes ladrones de mercancía en los barcos que atracan en el puerto de Llevadó, nombre significativo en sí mismo, para sugerir en el país un vaivén de violencias generalizadas, entre otras, la del desarraigo de la población: "La violencia continuaba extendiéndose por el país igual que una llama con viento propicio, resucitando a su paso rencores sepultos y propiciando otros iguales de incurables. Un atardecer cualquiera una procesión de desplazados llegó al puerto huyéndole a una guerra de exterminio, esperanzados en burlar al amparo de la selva el ensañamiento de sicarios bien remunerados" (101). En este contexto, resulta interesante considerar que precisamente esa selva que colinda con el puerto posibilita el segundo paso en la transformación de Evelio de objeto de los poderosos y sicario potencial en una especie de ejemplo redentor de la gente del puerto a medida que transcurre la novela, al usar sus filmaciones clandestinas como objeto de chantaje contra Jaramillo y Lukas, arma aprendida de ellos mismos. En este sentido, y siguiendo a Miguel de Certeau en su distinción entre las categorías de lugar y espacio4, en Felicidad quizás, como lugar, el puerto en su sopor se opone a la vida en ebullición de la selva aledaña, de la misma forma en que los personajes, que en la mayor parte del relato hacen poco o nada para tratar de cambiar sus circunstancias de opresión y pobreza, al final del mismo se apropian de la selva como espacio de venganza contra el extranjero usurero y el gamonal despojador de tierras, quienes tratan de huir debido al plan de Evelio y mueren allí aparentemente por “mordeduras de fiera” (355).
      Esta apropiación del espacio permite invertir, aunque de manera temporal en la ficción, la cerrada estratificación socio-económica que se vive en el puerto, en la que los personajes marginales, los pobres y abusados, hacen justicia por su propia mano. De este modo, la conversión de Evelio de militar a sicario y luego a un Robin Hood de los habitantes de Llevadó, posibilitada a su vez por el espacio, parece dejarle al lector la imagen de la redención social del joven. Sin embargo, como lo enuncia Edna Von der Walde en su análisis sobre las ficciones de sicarios (38) y posteriormente Maria Fernanda Lander (84), estas representaciones y la realidad de las violencias en la que se sustentan presentan la dificultad de precisar quiénes son las víctimas y quiénes los victimarios. En este sentido, en Felicidad quizás los victimarios se tornan víctimas al final, pues las muertes del gamonal y del usurero europeo no desembocan en el descubrimiento de su responsabilidad en los crímenes que se han llevado a cabo en el puerto. Adicionalmente, aunque los obituarios de Jaramillo reivindican su nombre y el Gobierno suizo envía una comisión investigadora para esclarecer el deceso de Lúkas, el misterio de sus muertes tampoco se resuelve. De este modo la novela presenta la cuestión de la impunidad como algo connatural al puerto y al país.
      En cuanto al puerto como personaje, Salazar Montero opina que su decisión sobre el espacio obedece a que “el puerto es una condición de borde que limita geográficamente la trama y que se define por sí solo” (Entrevista con el autor). Adicionalmente, se debe considerar que en esta transición de ciertos personajes del ‘estar’ al ‘hacer’, posibilitada por el espacio, es también evidente la ausencia de un Estado que proteja a sus ciudadanos. Es por eso que el progreso, una de las narrativas que la novela da por descontada, no está presente, pues el detrimento moral que se vive en Llevadó y en todo el país impide hablar de éste. Es posible que también por ese motivo la novela no hable de cómo el país y el puerto han llegado a la situación de violencia e iniquidad que rodea el relato, ni especifique fechas u otros datos que permitan ubicarlo históricamente.
      Hay que notar que la importancia del sicario en Felicidad quizás tiene que ver con el nivel de profundidad que alcanza la figura de Evelio, aunque no se lo presente como protagonista único, sino como parte de una red de historias y casualidades que coinciden en un lugar remoto del Pacífico colombiano. Si como sugiere Polit Dueñas para las novelas de los noventa, “los sicarios son representaciones estáticas cuyas identidades no están en proceso de construcción y, por lo tanto, no tienen posibilidad de negociación con el poder que las define” (124), el desarrollo de Evelio como personaje va en la vía opuesta y tiene que ver con su apropiación del espacio desde su recorrido por el país hasta sus experiencias fílmicas y emocionales en Llevadó, así como con una búsqueda personal, que constituyen características de su progresión como sujeto consciente, en contraposición al carácter desechable que le es asignado al principio del relato como peón de sus superiores: "Pensó de nuevo en Nisidé, en la ilusión sembrada de empezar los dos de nuevo en otra parte, en el hogar feliz completo que se había comprometido a reemplazar, y decidió jugarse el todo por el todo. Calculó que con un poco de buena suerte lograría deshacerse del montón de porquería que llevaba arrastrando consigo varios años, metida en un último fardo con su culpa reciente, con su fallida profesión de sicario" (278). De este modo, la crítica que subyace a la representación estética del sicario en la novela de Salazar Montero es también un conflicto de clases sociales, cuya estratificación basada en el dinero y el poder impide el ascenso o, en palabras del narrador, una posible “felicidad terrenal” de los marginados y los más pobres en un lugar abandonado por la protección gubernamental y rodeado de resoluciones violentas a los conflictos humanos. A través de la transformación de Evelio y de un final abierto sobre el destino del joven y su amante, la novela de Salazar Montero plantea la posibilidad de que dicha felicidad, aunque en un sentido irónico, en el contexto colombiano, esté limitada a la simple supervivencia.
      Por su parte, en Los restos del vellocino de oro, ficción existencialista del novelista, poeta y cronista caucano Alfredo Vanín, el personaje sicario no es tampoco el adolescente de La Virgen de los sicarios o de Morir con papá ni la seductora asesina de Rosario Tijeras, sino que más bien trae a la memoria el pájaro de la violencia de los años cincuenta, retratado en Cóndores no entierran todos los días (1971) de Gustavo Álvarez Gardeazábal o en Noche de pájaros de Arturo Alape (1984), dándole a la aparición de esta figura cierta circularidad en las representaciones ficcionales de la violencia5. De este modo, en Los restos del vellocino de oro el sicario es un adulto ex policía, ahora al servicio de oscuras fuerzas de seguridad, descrito como “un gran ave nocturna” (12), “el hombre de la mirada bajo el ala del sombrero” (50), dedicado a una supuesta limpieza social: "El Alemán había vuelto para poner en orden las cosas, para sacar a la gente malvada de su escondite; había vuelto y se quedaría hasta matar o hacer huir al último bandido, al último huelguista, en un tiempo que todos empezamos a llamar “la reconquista de Isla Pájaro”" (Los restos 38). En Noche de pájaros “No existen para ellos, hombres carnetizados por la Gobernación del Valle del Cauca y de profesión sicarios, … esos nimios inconvenientes. Son los dueños de las noches de Cali, maniobreros expertos con una asombrosa capacidad en los ojos, fáciles para el botín en dinero o en víctimas humanas (23).
      Aunque en la novela de Vanín el regreso del sicario y la cacería humana que éste hace del sindicalista Santiago constituyen el hilo conductor de la trama, el asesino a sueldo es un personaje subsidiario, pues los verdaderos protagonistas son los ‘jasones’, un grupo de jóvenes que tratan de gozar de la vida nocturna y que ponen en juego diversos artilugios para salvar la vida de su amigo fugitivo en un ambiente rodeado de necesidades y decadencia de un otrora próspero puerto del Pacífico. En palabras del narrador, “los jasones, que de andanzas sabíamos, pero jamás llegaríamos a hacer algo digno de recordar en esta época sin héroes visibles” (62). De este modo, la historia no gira en torno a la transformación del constructo social y cultural colombiano de los noventa como efecto del narcotráfico, propia de las primeras novelas de la sicaresca, sino que se centra en los ‘jasones’, su búsqueda de sentido vital y de libertad en un mundo subdesarrollado rodeado de violencia e impunidad6.
      Ahora bien, la presencia del asesino en la novela insinúa que el uso de profesionales del crimen al servicio de la violencia oficial sigue presente en Colombia a finales del siglo XX, bautizados ingeniosamente por Vanín como “los tiempos de la mini-uzi” (34), época en que se inscribe la historia, como “un instrumento de representantes de organismos estatales para eliminar sujetos presuntamente culpables de alteraciones del orden público” (Gómez 95). Aún más significativo resulta el hecho de que el objetivo de “el Alemán” sea un sindicalista, particularmente cuando Colombia detenta el poco honroso título de país número uno en asesinatos de líderes sindicales, con 2500 muertes en veinte años (Verdad abierta 1). De manera interesante en la novela de Alfredo Vanín, al igual que en la de Salazar Montero, el sicario no lleva a cabo el asesinato encargado. No es el perseguidor quien ejecuta el crimen, sino un grupo armado que actúa en el puerto, agregando un velo de incertidumbre sobre los autores materiales del mismo: “Todo quedó tan despejado que se podían ver las siluetas de los cinco hombres con brazaletes negros, como dijo alguien, sin saber de qué cuerpo policiaco se trataba… ni siquiera apareció el hombre alto del traje negro con el sombrero ladeado, la gente se dispersó por el temor atávico a las balas” (205). Con estos asesinatos ejecutados por segundos, las dos novelas sugieren un cambio del protagonismo del sicario en la arena social colombiana a personaje secundario manipulado por diversas fuerzas oficiales y no oficiales en ambientes de violencia y ausencia de justicia. Entonces, surge el interrogante de la importancia del cazador de hombres en la novela de Vanín. En un sentido, en el plano narrativo la superficialidad y la descripción casi mítica y repetitiva del sicario adulto, “el hombre del Colt 45, de cachas nacaradas, con el que había dado de baja a tantos rateros en otra época” (60), hacen que la atención del lector se dirija a los verdaderos protagonistas, aunque “el Alemán” sea el motivo de su desazón permanente. En otro sentido, se puede sugerir que el sicario funciona como contraparte del narrador-protagonista. Es decir, su presencia ayuda a estructurar la novela como un juego entre el sicario adulto y los “jasones”, en una oposición entre un “él” y un “nosotros” que se destaca en la narración, y que justifica la búsqueda vital de éstos frente a una amenaza constante de intimidación y muerte.
      El antagonismo entre el bibliotecario que narra la historia, su grupo de amigos y el asesino a sueldo se desprende de la oposición entre la marginalidad que representa “Puerto Hundido” y la ausencia de un proyecto claro de vida para los jóvenes, y la oficialidad y la seguridad en sí mismo que detenta el sicario, “el más tozudo cazador de hombres que jamás hubiera conocido el puerto” (60). De ese choque resulta la decisión de estos antihéroes de defender al huelguista Santiago, en un puerto silenciado donde ya no hay protestas guiadas por el ineludible “¡a la carga!, un grito que seguía resonando en el inconsciente de un país al que todos los líderes se los habían asesinado” (41). Sin embargo, el asesinato de Santiago al final de la novela hace que el mensaje que prevalezca sea de desesperanza para los habitantes de este sitio alejado de la promesa del progreso, como ilustra el narrador: “En casa estaba esperándome en vano. Una llamada podría remediarlo todo, pero no tengo teléfonos a la vista. En las calles del otro lado del mundo ya existen teléfonos que se portan en los maletines ejecutivos y en las carteras de las damas” (50).
      En este contexto, el ambiente resulta ser un elemento esencial en la novela de Vanín en dos direcciones. En la primera, el puerto, que aunque no se nombra explícitamente se puede reconocer como la ciudad de Buenaventura por las referencias a Isla Pájaro, la estatua a Pascual de Andagoya, etc., está subyugado por huelgas, caos y el miedo general de la población. En la segunda, si bien dicho ambiente es agudizado por la amenaza constante del sicario adulto, la falta de oportunidades de futuro en este puerto marcado por el abandono gubernamental también genera en sus habitantes un sentimiento de pesimismo frente a la nación, una tierra que “ya no era nuestra” (59), pues gran parte de las nuevas generaciones deciden lanzarse a la aventura de ser polizones en barcos que viajan al norte enfrentando una muerte casi segura. En este marco de marginación social y geográfica los jasones prefieren “inventar el infierno a padecerlo” (8), es decir, crear una realidad propia en la que su conformación como tribu ajena a la vida posmoderna, su aferramiento al jazz y a la poesía les sirven a los jóvenes para exorcizar el miedo y la amenaza del sicario y del Estado al que representa, pues “si los referentes sociales del espacio están ampliamente trastocados por los fenómenos de violencia y de terror, nunca abolidos por completo, perduran en nuevos espacios que resultan de las coacciones impuestas por los actores de la violencia” (Pécaut 233).
      Además, se podría decir que en Los restos del vellocino de oro el narrador-protagonista, Arnoldo Arcos, bibliotecario y lector ávido, es un letrado que, como Fernando o Antonio, de La Virgen y Rosario respectivamente, atestigua y documenta el terror en su ciudad. La diferencia radical consiste en que esta primera persona narrativa de la novela de Vanín despliega su gusto por los clásicos griegos y su legado no para detentar una posición social diferente a la del sicario que persigue a Santiago, ni para mostrar cambios culturales relacionados con el narcotráfico, sino más bien para enfatizar que él y sus amigos son “navegantes sin agua” (67), jóvenes que no pueden realizar grandes hazañas o simplemente sueños considerados como normales en una sociedad igualitaria, porque el entorno mismo se lo impide. No obstante, a pesar del reconocimiento del bibliotecario narrador de que “la historia jamás ocurrirá como yo quiero”, los intertextos musicales, literarios, mitológicos y ancestrales del Pacífico le permiten crear un texto en que triunfa el lenguaje y se reivindica el poder de la cultura, pues como enuncia enfáticamente, “quien narra no ha muerto” (141).
    Así, sobre la base de la representación del sicario en Felicidad quizás y Los restos del vellocino de oro presentada aquí se proponen las siguientes características provisionales sobre la evolución del género de la novela sicaresca en la última década. Primero, estas dos novelas presentan al asesino contratado como una fisonomía ya incorporada a la sociedad colombiana contemporánea. Es decir que, si bien las novelas consideradas pilares del género plantan al sicario en el centro de la narración con el fin de presentar la violencia social del narcotráfico, “revelando a su vez la caída de los valores tradicionales, la religión y las leyes, así como los cambios culturales de las últimas dos décadas del siglo XX en Colombia” ( Jácome 15), la presencia del asesino a sueldo en las novelas de Vanín y Salazar Montero no equivale a un fenómeno nuevo o a un tipo central en la arena sociocultural colombiana, sino que lo establece como un personaje cuya presencia se ha aceptado o institucionalizado, como un actor más de la criminalidad en la dinámica actual de la violencia en el país. De esta forma, el asesino a sueldo como figura literaria ha ido evolucionando a la par de su metamorfosis en el ámbito nacional. No obstante, es necesario reconocer que en estas novelas más recientes permanece la presentación de la problemática de jóvenes sin futuro: "Según la versión oficial, los cadáveres habían sido descubiertos por una patrulla del ejército encargada de frustrar a tiempo un inminente ataque de la guerrilla y otro de los paramilitares del puerto. O sea, tres facciones diferentes de una misma guerra, reclutadas del mismo pueblo joven a las buenas o a las malas, refugiadas en el mismo monte selvático" (Felicidad quizás 346). En segundo lugar, se pueden sugerir otras relaciones interesantes entre el texto de Vanín y las novelas anteriores que incluyen como personaje al sicario: una, que en la nueva novela que incluye asesinos a sueldo la violencia ya no es ejercida por jóvenes desaforados como Wílmar o Alexis de La Virgen de los sicarios, ni como los niños entrenados para liquidar a personajes incómodos para los criminales de turno como se muestra en Sangre ajena; otra, que el sicario ya no es un adolescente que busca un rápido ascenso económico, sino un adulto que trabaja abiertamente del lado oficial; y finalmente, que la violencia y la impunidad generalizadas, propias de las narraciones sobre asesinos a sueldo de los noventa, siguen presentes en las narraciones posteriores.
      Tercero, ya habíamos planteado en un estudio anterior que las novelas sicarescas de los noventa no son estrictamente novelas de la violencia, pues sus temas son existenciales: el amor, el desengaño, el viaje y la separación. Si bien las novelas de Vanín y Salazar Montero siguen esta misma dirección, es evidente que la transformación de la figura del sicario y de la presencia de los jóvenes se sigue dando en contextos de violencia enmarcada en la pobreza y la marginalidad. A este respecto, haciendo eco a lo esbozado por María Helena Rueda para las novelas de los noventa en su artículo “La violencia desde la palabra”, resulta interesante preguntarse si estas narrativas recientes proponen una salida a la situación de violencia que representan. Por un lado, siguiendo nuevamente a Rueda, las novelas presentan “otra” forma de organización que se ubica en el orden del no-Estado, lo que constituye una continuidad de lo representado en las primeras novelas sicarescas. Así, en Los restos del vellocino de oro se conforma una nueva generación de jóvenes jasones, mandingos y nacientes islámicos del Pacífico que se unen en un espacio de reconquista que les es negado en el puerto oficial. En la misma dirección, de manera similar a como La Virgen de los sicarios desarrolla la diferencia entre la ciudad “real” de Medellín y la imaginaria de “Medallo” que transforma la percepción de la primera (Villoria 92), en la novela de Vanín Arnoldo Arcos y los jasones reinventan el puerto de Buenaventura como un espacio lúdico y diverso, una ciudad soñada frente a la real con la cual se sienten más identificados. Por otro lado, aunque el fin primordial de la literatura no es solucionar los conflictos sociales, Felicidad quizás plantea que ante el abandono estatal que ha sido reemplazado por la ley del más vivo, los desplazados y explotados no tienen más alternativa que tomar la justicia en sus manos para ser felices, es decir, para sobrevivir.
      Por último, en las dos novelas el espacio y sus personajes se entrelazan en una isotopía. Es decir, el destino del puerto es el destino de sus personajes. En el texto de Vanín y en el de Salazar Montero, la decadencia de los dos puertos va de la mano del destino insalvable de sus habitantes. La diferencia radica en que, en el caso de Felicidad quizás, algunos pobladores son capaces de tomar las riendas para terminar con el estado de sumisión y violencia al que han sido sistemáticamente sometidos, mientras que en Los restos del vellocino de oro la criminalidad oficial realiza su limpieza social, dejando a los jóvenes en el limbo, con el único consuelo de gozar las fiestas patronales y en general el presente, pues el futuro resulta precario, como dice el narrador: “…lo entregaríamos todo por sentirnos al menos dueños del pedazo de ciudad que nos dieron, mi ciudad que renace cada año lozana a su fiesta, como si borrara sus crímenes y sus mentiras. Cada año te resucitamos de tantas muertes que te hemos propiciado. Eres insaciable, golosa y llena de trampas, como una dulcinea” (196). Ésta es una resonancia de la imagen de la mujer-ciudad en Rosario Tijeras y un eco recurrente de la personificación de la urbe en relatos de la violencia colombiana de las últimas décadas. No obstante, como sugiere Alfredo Vanín, su novela, y a nuestro parecer la de Salazar Montero, “rebasa[n] el sicariato” (Entrevista con el autor).
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1. En este artículo no se escribe la palabra sicaresca entre comillas como lo ha venido haciendo la crítica literaria desde la aparición de La Virgen de los sicarios de Fernando Vallejo en 1994, por no considerarla ni un subgénero de la novela del narcotráfico ni un género menor entre las narraciones sobre la violencia colombiana. Posiblemente la subvaloración del género reflejada en las comillas provenga de dos dinámicas evidenciadas en los estudios sobre estas representaciones. Una, que la novela sicaresca
no se desarrolla en el interior de una literatura nacional, sino que surge como representación de una problemática que toma fuerza inicialmente en la región de Antioquia. Dos, que los textos hacen una alusión indirecta al tráfico de drogas y ponen énfasis en sus efectos sociales.
2. Ésta es una característica significativa en contraste con las novelas sobre sicarios publicadas entre 1994 y 2000, que se desarrollan principalmente en las ciudades de Medellín y Bogotá, en donde el asesino a sueldo aprende o consolida su hacer.
3. Hay escasos artículos sobre las novelas sicarescas de Alape (Vásquez-Zawadski, “Sangre”; Escobar Mesa, Cuatro y Mutis, “La novela”), y de Collazos (Orozco, “La novela” y Weisslitz, Criminal). Hasta el momento no hay estudios publicados sobre Felicidad quizás o Los restos del vellocino de oro.
4. En La práctica de lo cotidiano, De Certeau plantea esta diferencia específicamente para los relatos en relación con dos determinaciones en las prácticas cotidianas: “Una, por medio de los objetos que podrían reducirse al estar ahí de un muerto, ley de un “lugar”; otra, por medio de operaciones que, atribuidas a una piedra, a un árbol o a un ser humano, especifican “espacios” mediante las acciones de sujetos históricos.… O bien el despertar de los objetos inertes (una mesa, un bosque, un personaje del entorno) que, al salir de su estabilidad, transforman el lugar donde yacen en la extrañeza de su propio espacio” (130).
5. Esta representación puede obedecer a que la figura del sicario en la arena nacional no emerge con el aumento del narcotráfico en los años ochenta del siglo XX, sino que es de aparición más temprana. Al respecto, explica Alexander Montoya: “En Colombia el uso de la palabra sicario se generalizó con el asesinato del ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla, en 1984. No obstante, el sicariato operaba en la década de 1970 para narcotraficantes, esmeralderos y terratenientes, incluyendo algunos “pájaros”, matones  a sueldo que actuaron durante la Violencia, el período de conflicto bipartidista de mediados del siglo XX” (62).

Bibliografía
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Fecha de recepción: 6 de febrero de 2012
Fecha de aceptación: 18 de mayo de 2012

Fecha de modificación: 28 de mayo de 2012