martes, 14 de enero de 2014

BIENVENIDO  MANDELA

Las batallas del líder surafricano serán más arduas ahora, después de su muerte acaecida hace un mes. Y no para derrotar ejércitos, como el cadáver del Cid Campeador, sino para que muchos de los infiltrados a su velatorio se sirvan de él para banalizar  sus ideas y sus luchas, aparentando un desmesurado amor por el gran luchador e ideólogo, pero creando  todo lo contrario a sus ideas. En cierta forma, estuvo de moda para muchos. Pero seguirá para otros siendo lo que fue: un libertario. 
Las palabras deslucidas de nuestros dirigentes en Colombia solo demuestran una cosa: que no lo entendieron, o que expresan estar de acuerdo con él sólo porque triunfó en la derrota parcial del apartheid (el racismo no ha terminado en Suráfrica), y por lo tanto sus expresiones de: “nos enseñó a perdonar”, o la perla del ex presidente  Uribe Vélez  con la que pretende pasar  como un pacífico demócrata: “Mandela reivindicó derechos democráticos”.  Lo que uno debe preguntarse es qué significado tiene la democracia para Uribe, y cómo los terroristas son solo los otros, porque él sale indemne de esa categoría.
Lo que no dicen los líderes nuestros es cómo la lucha de Mandela estuvo fundamentalmente dirigida a evitar la opresión de un hombre por otro hombre, sobre todo por las razones de un color de piel, y precisamente en la región del planeta que vio nacer al Homo sapiens. La manera en que los invasores se convirtieron en dueños del mundo y se dieron a la tarea de dividir de manera tajante su imperio en coloredy no colored, todavía conmueve la memoria con  hechos sangrientos y dolorosos en Estados Unidos y por supuesto en Suráfrica. Y nuestra América latina no escapa a una manera de segregar que sigue vigente, de manera estructural, con un discurso religioso que dice que todos somos iguales ante Dios, pero no lamentablemente en esta Tierra, donde todos los derechos a la igualdad han sido impresos, reconocidos pero no cumplidos,   burlados de manera cotidiana, dado que en el inconsciente de la gente todavía perdura la noción de que se es mejor o se es más gente si se tiene un color claro en la piel, así esta sea una diferencia tan despreciable en la genética humana, que por mucho que lo intentaron los científicos del racismo, la ingeniería genética lo confirma a cada rato, tanto que demostró sin ambages el origen de la humanidad en las llanuras de Olduvai, de Tanzania, con un largo desplazamiento a Suráfrica, tierra de Mandela, donde se fortaleció para emprender la larga caminata hacia todos los rincones del planeta y adquirir características fenotípicas diferentes, de acuerdo las circunstancias sociales y ambientales.
Las batallas de Mandela  serán más arduas ahora, porque tenemos la insensatez de quedarnos con lo superficial sin ir al fondo, y así quien transformó radicalmente una sociedad, sólo será un ejemplo de lucha por el perdón, que fue cierto, pero no lo fue todo: fue un largo camino que va de las concepciones marxistas, las luchas guerrilleras y de sabotaje, hasta desembocar en la madurez adquirida en la cárcel , donde Mandela tallaría en piedra su decisión  de liberar  también al opresor, enseñándole la degradación que sufren los dos extremos de la cadena. No era el resultado de un pacifismo en derrota sino un aprendizaje de la vida y de la guerra donde las estrategias cambian según las circunstancias.
El escenario de la lucha ha cambiado, los personajes también. Su pensamiento se ha trasladado a otros espacios, a otros hombres y mujeres que extraeremos de él lo que sea necesario para continuar luchando por la dignidad humana, y sobre todo para que nadie se crea con el derecho de sentirse superior o inferior a nadie por razones económicas, y menos por  diferencia de piel o de cultura, y sobre todo para que la opresión social del hombre por el hombre se convierta cada vez cada vez más una fase irrepetible  de la historia.
¡Bienvenido Mandela!


Alfredo Vanín

viernes, 21 de junio de 2013

Retomamos hoy (en pleno solsticio de verano) el blog que había quedado olvidado en alguna parte de nuestros viajes. Reiniciamos la tarea (ojalá sin soluciones de continuidad) con un maravilloso texto de la profesora Matilde Eljach de la Universidad del Cauca (Popayán, Colombia), quien (a propósito de un recital en Popayán) mediante un recorrido profundo, descifra elementos de una cosmovisión poética. A ella nuestras gracias. A los lectores, igualmente. 

ALFREDO VANÍN
               
Por Matilde Eljach*

        “El fermento se cuece en el limo…” dice el poeta, etnólogo y escritor Alfredo Vanín, quien nació en 1950 a orillas del río Saija, jurisdicción del municipio de Timbiquí, región Pacífica caucana, entre la cordillera y el mar, cerca de Guapi donde creció y en Buenaventura y Cali donde siguió construyendo su vida. Podríamos oírlo decir sobre su nacimiento: “Brun el Ungido nació en pueblos coronados por el soplo de la Madre-del-Agua./ Sus historias, como los pájaros querían,/ se narran en esquinas,/ en orillas donde la muerte es más esquiva./ Corren como los ríos: aligeradas de memoria,/tornadizas y húmedas,/ manchadas de prodigios”. Desde su primera infancia expresó sus capacidades poéticas con la escritura amorosa, publicada en su primer libro de poemas, Alegando que vivo. Ha sido profesor, periodista, investigador cultural, poeta, narrador y ensayista. Dirige talleres de formación literaria y es consultor en instituciones y organizaciones sociales. Varias veces ha sido condecorado, premiado e invitado a festivales y certámenes internacionales de poesía. En 2011 la Universidad del Cauca le concedió el Doctorado Honoris Causa en Literatura, en reconocimiento a su inconmensurable aporte a las letras y a la cultura.

        Los excepcionales habitantes del paisaje de su infancia van a poblar toda su obra con una complicada cosmovisión que dibuja una trama laberíntica: “Mi boca está llena del rumor de los hierofantes./ Sé que debo transgredir las fronteras y aventurarme más/ allá de la espesa selva que huele a orines de diente-de-sable./ Me tornaré invisible cuando haya alzado la burbuja de/ rocío que esconden las piedras./ Entonces olvidaré mi nombre y desdeñaré los otros. No/ seré ni el Gaviero ni Altazor. Seré únicamente el fuego/ trasnochado de un soñador que dejé atado al banquete”.

        La literatura y los estudios humanísticos sociales y antropológicos le equiparán a su camino los mitos heredados de la antigüedad helénica, logrando el renacer de los tiempos en la madre agua, la madre mar: “Surgí del mar, a un paso de los desvelados,/ y fui dueño de un río que corría a los brazos/ de la madre del agua…”. Vanín reconstruye el Pacífico colombiano, por la alusión al río, a los peces, a los caminos intrincados e indomables: …Allí donde el mar pregona un son, el tambor es gavilla En el rayo para los hijos de Obatalá. En contra de todo vendaval conservaremos Nuestros reinos…nos canta Vanín en su poema, resaltando el significado espiritual que marca su quehacer literario, permitiendo el detonar de la ancestral rebeldía y la persistencia en resistir a lo inhumanamente instituido: “Es mi manera de alterar el orden/ sin incitar las fauces/ que son comunes a ciertos especímenes/ de la nueva tragedia./ Un asedio en la lluvia/ una astromelia que claudica/ pero nada detiene mi discordia/ ni mis sueños que nuevamente han fracasado/ y ahora purifico en las hogueras/ de la rabia y el júbilo/ harto digno de mi nuevo pánico”.

La obra de Alfredo Vanín inserta la selva, los ancestros, los elementos fundantes de la cosmovisión del pueblo negro; perfila su visión del mundo, el orden de relación con las cosas. Señalan las formas de ser uno con la naturaleza y con los otros seres, para instalarse en el mundo de manera ritualizada.  

En su novela Los restos del vellocino de oro (2008), recaba en la noche de los tiempos, aquella “última pieza viva del rompecabezas de su génesis”, en la tradición oral de su pueblo, en la memoria viva y presente de sus ancestros, en el registro palpitante de las voces de su pueblo, “por los callejones de sus recuerdos”.

Entre sus libros de poesía destacamos Alegando que vivo, 1967, Cimarrón en la lluvia, 1991,  Islario, 1998, Desarbolados, 2004. Y entre su narrativa: El tapiz de la hidra, 2003, Otro naufragio para Julio, 2004, Historias para reír o sorprenderse, 2005 y Jornadas de tahúr, 2005, en los cuales las palabras entregan un territorio de lluvia, vegetación desbordada y ríos de barro y fábula. Y que se expresan allí, en esas otras formas de vida-muerte que es la cotidianidad de muchos pueblos. Donde los niños mueren de desnutrición, de abandono, de indiferencia; donde los niños ven un mundo precario desde la barrera, en un mundo donde no hay acceso posible; porque todo confluye en una especie de memoria-olvido, ante lo cual la obra poética de Vanín levanta la belleza de la palabra fustigante y poderosa, cargada de sentido y de esa forma que asume la esperanza que es mucho más que razón y poder,  y constituye esa otra razón, ese otro poder, auténtico, recóndito, alimentado con la fuerza y el poder de los ancestros; y de sus novelas mencionamos Otro naufragio para Julio y Los restos del vellocino de oro.

Alfredo Vanín es la voz que habla por todas esas voces, porque solo quien ha vivido con la búsqueda de caminos invisibles que reescriben otros tiempos, puede sin duda alguna, desbrozar laberintos hechos de mar y lluvia, de llanto y puños levantados. Cimarrón en la lluvia y ante el viento, desencadenador de fuegos, el poeta invoca para sí, para nosotros, para la vida, para el futuro, a sus “Dioses de mar y fuego/ de turbulencias en los ojos/ invocados a la hora de irse a pique las naves/ cuando tiemblan y padecen los invisibles/ caballeros del océano…”.

Maestro Vanín, gracias por traernos esta tarde las naves encantadas en las que zarparemos en busca de nuestra ancestralidad guerrera, que desde la desmemoria de los tiempos, sigue cantando en contra de todo vendaval para devolvernos nuestros reinos.

Popayán,  marzo 26 de 2013.


*Socióloga, Magistra en Antropología Jurídica; actualmente adelanta estudios en el Doctorado en Antropología en la Universidad del Cauca; integrante del Grupo de Investigación Cultura y Política y del Taller de Formación Literaria RELATA Popayán.