miércoles, 16 de abril de 2014

UN MAR PARA HELCIAS MARTÁN GÓNGORA

Y hasta su nombre me da el mar.  (H.M.G.)

Hoy, 16 de abril, el poeta caucano Helcías Martán Góngora cumple 30 años de haber zarpado para siempre. Queda su poesía, su inmensa humanidad y su amor por el Pacífico.
                                                                                      Alfredo Vanín                                                                
Lo conocí, obviamente, en el pueblo de Guapi, que para entonces parecía el pueblo más remoto del mundo, porque entonces se soñaba con una carretera, y no había ni un asomo de lo que sería la actual violencia ni la pobreza que lo constriñe, como a casi todos los pueblos del Pacífico colombiano, entre otras razones por la  imposición de economías extractivistas, la destrucción de sus ecosistemas y de los proyectos de vida comunitarios,  la corrupción de la mayoría de sus dirigentes políticos, y la poca importancia que el estado le concede a las regiones que sólo le producen sin recibir nada a cambio.  Aunque el mundo ahora es menos remoto, todavía se sueña con una vía que comunique al pueblo con las ciudades, desde donde Helcías Martán concibió  sus versos de poderosa y festiva nostalgia:

Cuando arribaste a mi comarca sola
hablaste en el lenguaje de la ola
que ciñe un litoral desconocido.

Y el día tuyo se fundió en secreta
Claridad de amatista y de violeta
En la última orilla del olvido.

Nostalgia porque no solamente su litoral desconocido está  inserto en sus versos, sino que recorre como una suerte de alquimia el mar universal que había bebido en los versos de Rafael Alberti, el imprescindible autor de los hermosos poemas de Marinero en Tierra.

Helcías había nacido en el año de 1920, en una familia de vocación naval. Su padre Helcías Martán Arroyo, "pastor de anclas", como el mismo poeta lo nombra  en el poema "Mar en la Noche", procedía de la vecina Iscuandé. A  su madre, Enriqueta Góngora, le cantaría hermosas nanas. La familia tenía ancestros franceses y afrocolombianos. En Guapi, conformó una economía cuyo eje central fue la hechura de barcos, prolongándose a dos generaciones. Pero el poeta de mar y marinerías, solo tuvo el título de propiedad de un barco cuando le fue traspasado por un sobrino para evitar un embargo. Entonces, en la Notaría Única de Buenaventura me dijo alborozado: "Poeta, yo poeta del mar, por fin tengo mi buque".

Una de las cualidades humanas que más sorprendía en Helcías Martán era su capacidad para el fino humor. Parecía una caja radiante de música. En las tertulias y bohemias llevaba la batuta en los lances verbales, haciendo gala de su erudición comn anécdotas literarias que contaba -al igual que recitaba su última producción- con su voz ronca de gaviero. Lo otro era la calidez con que alentaba a los nuevos poetas. Lo tercero era su gran fertilidad verbal para la producción poética. El maestro seguía la veta de grandes poetas hispanos, como un continuador de dos grandes líneas: el clásico español y el negrismo de Pales Matos y Guillén. En el primero escribió sonetos impecables. En el segundo, “Loa del currulao”, por ejemplo, o las jitanjáforas de sus poemas más "negristas", evidencian su arte. Pero por encima de todo, le cantó al litoral,  a sus hombres y mujeres, al que denominó “El mar negro”.
En su más famoso poema, “Declaración de amor”, conocido y reconocido, el que todos solicitaban en sus recitales y cuya dedicación se atribuyen varias mujeres,  empieza uno a entender su vocación marinera y el influjo de  Marinero en tierra.
        Lo que se intuye es que Alberti marcó a una generación de vates en España y América con su tierna poética del mar y sus marinerías, influjo que incluso se puede prolongar en algunos baladistas modernos de la península. Pero Martán, nacido apenas cuando se publicaba este libro, no tiene "el corazón partido en agua y tierra". Su vida es el agua, aunque un sicoanalista (Fredo Arias de la Canal) lo llegó a definirlo como "el poeta de la sed". En su pueblo y en Colombia se le sigue llamando "el poeta del mar", quien junto con el tumaqueño Payán Archer, representan la más alta voz poética de su generación en el Pacífico colombiano. Martán busca la marinería pura en su Océano, en Diario Fluvial, en los que inserta sonetos clásicos.   Y en Humano litoral, entre la resaca y el barro, entre las formas dialectales, dialoga con el mundo que aterriza en sus ojos luego del vuelo bíblico-tropical de su  libro Evangelios del Hombre y del paisaje. Para él entonces no hay discordias, porque "hasta su nombre me da el mar".
Helcías fue -como dije- bastante pródigo. Más de sesenta libros de poemas, una novela y una serie de relatos quedaron impresos. Los inéditos suman casi veinte. Sus ediciones fueron  siempre cerradas, hechas en las imprentas departamentales del Cauca o del Valle, salvo la publicación que Colcultura hizo de sus cuentos. Ganó un segundo premio en el concurso de Novela Esso, con Socavón, un concurso administrado por el poeta Álvaro Mutis que acaba de fallecer. Su prosa era la de un poeta, vale la pena recordarlo.
 Libros como La siesta del ruiseñor, Humano Litoral, Encadenado a las palabras, Summa Poética, Tiempo de gesta y otros, fueron una carta de navegación lírica del Pacífico y siguen siéndolo para las nuevas generaciones que sintieron su palabra clásica pero enjundiosa, juntando los mares de la Tierra. Eduardo Carranza, entre otros, fue un gran admirador de su obra; Neruda dijo que había leído en su obra al mayor poeta del mar. Era un hombre acaballado entre siglos y culturas. Un hombre de buen romance y de buena juglaría. De entender a su “pariente”  Góngora y Argote y de trenzarse en la manglería con el mejor berejú.
Estudió Derecho en el Externado de Colombia, pero sólo se graduó "ya de viejo", y además decía disimular muy bien su abogacía. Tanto, que contaba que un ilustre abogado lo declaró violador del Derecho por decir en su célebre poema “Y las islas del sur que fueron mías”. “Las islas son del Estado”, le dijo el colega abogado. En el decurso de su vida ocupó cientos de cargos burocráticos; fue parlamentario, Secretario de Cultura en el Cauca, entre otras posiciones que sacó adelante sin perder el genio poético. En Buenaventura, como alcalde, (“mediante una alcaldada”, me confesó), creó el Festival Folclórico del Pacífico, y decidió que el carro de la Administración fuera negro, “por si alguien le enviaba un madrazo le cayera al carro y no a él”.  De Bogotá,  donde residió mucho tiempo, y donde recibió mis primeros poemas para publicarlos en su revista Esparavel,  debió emigrar a Cali por prescripción médica.
Años después, el 16 de abril de 1984, luego de incontables bohemias, algunas de las cuales me tocaron en suerte, moriría en Cali, en el barrio Bosque Norte,  custodiado por su esposa Adelaida, una menuda mujer de Vijes (Valle del Cauca) que fue capaz de soportar su vida desbordante y cuidarlo hasta el último momento, y a quien le tocaría después  soportar sola la muerte de Martín Martán, el hijo, cuyo nombre fue otra broma lingüística de Helcías.
El mar que le dio la poesía, que le enseñó sus infinitos ritmos, en el que pudo entender a Valery o a los juglares de la orilla, también empezó a brindarle la caída. En una Semana Santa, en viaje hacia la isla Gorgona resbaló por la escalerilla del barco y rodó a cubierta. Comenzaría a partir de allí una serie de complicaciones que desembocarían en el recrudecimiento de su asma crónica. Recluido en la sala de cuidados intensivos, todavía tuvo tiempo para el humor: "Quíteme esa catedral sumergida", le pidió a la enfermera de turno, porque la botella de oxígeno producía un ruido monótono cuando él respiraba. El buque Oriente, en el que empezó su caída, era el buque que le había pertenecido mediante una venta ficticia. Hasta en eso su muerte nos pareció un irónico poema  marinero.
Su sobrino Alfonso Martán Bonilla, escribió para su biografía:
Martán Góngora fue miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua, Caballero de la Orden de Alfonso X el Sabio, Grand' Croix d'Honneur de la Orden Imperial Bizantina de Constantino el Grande, Profesor Honorario de la Cátedra Guillermo Valencia de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Cauca, miembro de la Academia de Historia de Popayán y de la Sociedad Bolivariana de Colombia, miembro del Grupo Esparavel, cofundador de la Revista Vanguardia de Guapi, director y fundador de Esparavel (revista internacional de poesía), colaborador en periódicos y revistas nacionales e internacionales. Desempeñó cargos públicos, como: Personero de Popayán, Alcalde de Buenaventura, Diputado a la Asamblea del Cauca, Secretario de Educación del Cauca, Director del Teatro Colón de Bogotá y Representante a la Cámara por la Circunscripción del Cauca.
En 1980 el Frente de Afirmación Hispanista de México le otorgó el Premio Vasconcelos; en este mismo año fue condecorado con la Cruz al Mérito Cívico de Santiago de Cali, por ser el autor de la letra del himno a la ciudad; en 1982 con la Medalla Cívica Pascual de Andagoya del Municipio de Buenaventura, y el 3 de julio de 1984, en homenaje póstumo rendido a su memoria, el Concejo Municipal de Cali, con ocasión del Segundo Congreso de las Ciudades Confederadas del Valle del Cauca, le confiere la Orden de la Independencia de Santiago de Cali en el Grado de Caballero.
http://www.helciasmartangongora.org/bio.html
La Biblioteca de autores afrocolombianos, del  Ministerio de Cultura (2010), publicó dos poemarios en uno, que puede leerse en el siguiente link:

Declaración de amor


Las algas marineras y los peces
testigos son de que escribí en la arena
tu bienamado nombre muchas veces.

Testigos, las palmeras litorales,
porque en sus verdes troncos melodiosos
grabó mi amor tus claras iniciales.

Testigos son la luna y los luceros
que me enseñaron a escribir tu nombre
sobre la proa azul de los veleros.

Sabe mi amor la página de altura
de la gaviota en cuyas grises alas
definí con suspiros tu hermosura.

Y los cielos del Sur que fueron míos
y las islas del sur donde a buscarte
arribaba mi voz en los navíos.

Y la diestra fatal del vendaval
y todas las criaturas del Océano
y el paisaje total del litoral.

Tú, sola entre la mar, niña a quien llamo:
ola para el naufragio de mis besos,
puerto de amor, no sabes que te amo.

Para que tú lo sepas yo lo digo
y pongo al mar inmenso por testigo!

(Helcías Martán Góngora De: Océano, 1950)

Loa del currulao

Me hacía guiños tu fugaz cintura,
negra, negrura de la negrería.
Era en Buenaventura
y una salvaje melodía
trenzaba mi amargura
y destrenzaba tu alegría.

En la noche, la Vía
Láctea de tu perfecta dentadura
al sonreírme tú, resplandecía
Te me ibas, corza herida,
perseguida gacela,
dejando en pos la estela
de la marimba ardiente
y los roncos tambores.

Con tu vestido de colores
y tu blanco pañuelo
eras alas de un vuelo,
pétalo en la corriente.
Crecía tu cadera,
curva de sombra plena.
En tu cuerpo bailaba una palmera
esta danza morena
hecha de gozo y pena.
La enamorada esfera
vibrátil de tus senos,
era una ronda de constelaciones.
Toda era curva, menos
la desgarrada voz de las canciones.

Ardías con el fuego
de los hondos ancestros abismales
y era tu cuerpo un ruego apasionado... Los rituales
tambores iniciaron su agonía.
Era en Buenaventura y todavía
en la noche, la Vía
Láctea, de tu perfecta dentadura,
al sonreírme tú, resplandecía



(Helcías Martán Góngora, de Humano Litoral, 1954)

viernes, 11 de abril de 2014

Ese humano litoral

BITÁCORA:

A treinta años del fallecimiento del poeta Helcías Martán Góngora.

El 16 de abril el poeta Helcías Martán Góngora cumplirá 30 años de haber fallecido. Haremos en Guapi (Cauca) un conversatorio sobre su vida y obra. Será a su vez el inicio de labores de la Red Cultural del Pacífico que hemos creado para fortalecer lazos litorales y fortalecimiento en medio de la guerra opresiva.
La docente y coordinadora del Centro de Memorias Étnicas de la U. del Cauca escribe sobre las absurdas estructuras institucionales de la educación en zonas marginales que prolongan la colonización y resalta el magisterio étnico y poético del maestro Martán, de quien volveremos a hablar en estos días.


Ese humano litoral

Elizabeth Castillo Guzmán abril 9 de 2014

Guapi (Cauca-Colombia),

En medio de las crudas circunstancias de rondan la vida cotidiana de Guapi,  sobreviven la inteligencia y la capacidad creadora de quienes se resisten a perder la memoria de la cual son herederos. Maestras y educadores que convocan a sus aulas para recordar la dignidad de un pueblo que otrora fuera dueño de la palabra bonita y cantada.
En una estrecha aula de clase en Puerto Cali, un barrio que sobrevive con el río Guapi por testigo, Ruth Stella recrea con los niños y las niñas la historia del valiente Kirikú y la bella Muñeca Negra. Con una sonrisa de luna nueva, la silueta de la muñeca negra en el papel se va tornando en un ser vivo. Dibujarla, colorearla y quererla es parte de un delicado proceso autoafirmativo para combatir ese racismo que puso en desventaja la imagen y las estéticas de los afrodescendientes en muchas geografías del mundo.
Contar y colorear la muñeca negra y Kirikú,  es  la tarea de una maestra que sueña con llevar un día a su escuela en vivo y en directo a poetas como Alfredo Vanín y Mary Grueso para que recreen sus remembranzas de infancia y declamen sus poemas de litoral. Para que esos pequeños y esas pequeñas sientan el orgullo compartido de sus escritores.
Los tiempos son difíciles, el miedo ahuyenta, el silencio se convierte en ley de la calle. La gente sobrevive y lucha por lograr terminar cada día lo mejor que puede. Mientras tanto los niños y las niñas acuden a escuelas intervenidas por todo tipo de instituciones. Aunque no existe una política educativa diferencial para el pacifico colombiano, el Ministerio de Educación y el ICBF exigen que las comunidades educativas se desenvuelvan con los protocolos diseñados desde la fría capital. Y las maestras deben soportar el ojo vigilante de un supervisor venido de Cali, que les pide hacerse a un lado a la hora de repartir la comida de los pequeños, pues la norma establece que solo las manipuladoras – debidamente uniformadas de pies a cabeza- pueden y deben  hacer esta labor. Un solo salón que sirve de comedor y de aula debe atender a 300 niños entre los 5 y los 13 años a la hora de su refrigerio reforzado, y bajo las reglas diseñadas para restaurantes que aquí no existen. “La hora de la comida es muy importante”, dicen las docentes. “Los niños deben hacer filas, hay que acompañarlos, uno educa mientras les enseña a compartir, a esperar su plato, a comer sin prisa” -insisten las docentes- alegando la intromisión del extraño que las ha dejado sin su tarea cotidiana de ir de mesa en mesa repartiendo consejos mientras entregan los platos de arroz y fríjoles que Bogotá propone en su minuta. No se trata de un asunto menor, se trata de un asunto de concepciones que podrían conversar y ponerse de acuerdo, pero la capital y sus tecnócratas no dialogan, imponen políticas a 2700 metros más cerca de las estrellas y más lejos de nuestra realidad nacional.
Las cartillas, los horarios, los currículos y las minutas vienen desde el centro del país. Políticas a prueba de gentes y de culturas, que condicionan el derecho de las comunidades a los recursos, al estricto cumplimiento de normas que poco se compadecen de las desventajas en las cuales se desenvuelven estas instituciones educativas. No hay baños adecuados, no hay patios para el juego, tampoco bombillos, pero los requerimientos técnicos se deben cumplir en los precarios salones que funcionan como restaurantes escolares.
Se trata del viejo y autoritario andinocentrismo que ha reducido al país y a sus regiones a un forzado remedo de los valles interandinos. Ese es el otro conflicto, el del país nacional y el de las regiones marginadas históricamente donde los planes de desarrollo se dictan como si todos tuvieran las mismas condiciones, cuando nunca ha sido cierto lo de la igualdad de oportunidades. Hace unas horas visitaba una escuela rural en el río Napi. Una vieja edificación construida en los años setenta con el esfuerzo de la comunidad, la que antes era numerosa y hoy en día está conformada por apenas 20 familias que prefirieron quedarse a huir a la ciudad. La escuela tiene dos aulas y una batería sanitaria tan antigua y  deteriorada  como los techos que la cubren. Uno de los salones cumple funciones de almacén,  biblioteca y sala informática. Como en una especie de museo futurista reposan siete computadores marca Lemotov, limpios y listos para ser usados. Son una donación del famoso programa computadores para educar. Lo paradójico de la escena es que en este punto del municipio no hay energía eléctrica, y mucho menos una planta para generarla temporalmente. Los computadores fueron recibidos como piezas decorativas que nunca se pudieron utilizar debido a un error de cálculo de los cachacos del ministerio de educación,  que no sabían o no se informaron- que en estas geografías estos proyectos son inviables a menos que exista una dotación adicional para resolver el tema de la energía.
La escuela y los maestros en el Pacifico Colombiano son testigos de excepción de una travesía compleja en la cual la nación se ha inventado a sí misma desde el centro de los andes, dejando por fuera de la foto a más de la mitad de la nación. 
Don Helcías Martán Góngora cumple por estos días treinta años de fallecido. Y creo justo en homenaje a sus letras y al terruño que inspiró tantos de sus poemas, recordar de sus versos la grandeza de Guapi con su templanza y maravillosa sensibilidad,


Humano litoral, cerca del alma.
Próximo en sangre al corazón está
y su callada ruta de belleza
transita el sueño hacia la claridad.
Va por las venas circulando
como heredado manantial
en donde siempre yo me hundo
para encontrarme la verdad
de los varones de mi raza
que son hermosos como el mar,
como los mástiles erguidos
y hermanos de la tempestad.
Y las mujeres de mi estirpe
hechas de fuego matinal,
archipiélago inexpresable
que ciñe el brazo de un cantar
y son morenas islas vírgenes
junto al islote maternal.
Vuelto al agreste mediodía
ardo en la hoguera tropical
-entre el rumor de los tambores
que agita un viento secular-
y en la liturgia del ancestro
soy el varón elemental
en cópula con la selva
y en guerra con la ciudad.

(Humano Litoral, 1954)